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Aún en el deporte, un territorio apropiado para jugar limpio, ser objetivos en nuestras consideraciones, resignarnos frente a los hechos, buscamos a quién culpar de nuestros reveses, que obviamente, no son tan dramáticos como los que nos muerden en el tránsito por la vida luchando por sobrevivir entre tantos obstáculos.

Escuchando los programas de deportes, entendiendo la pasión que sigue provocando el beisbol en el terruño, posiblemente inextinguible, uno no entiende cómo aficionados y hasta dirigentes de equipos eliminados, buscan culpables en otro lado, no en su campamento, disparando la mayoría de sus dardos a la comisión que maneja el Torneo Germán Pomares que dirige Carlos Reyes, otros a los árbitros, extendiéndose hasta diferentes sectores que están vinculados con el desarrollo del evento. La falta de madurez, agregada al fanatismo excesivo, desemboca en una intolerancia absurda. Algunos reclamos son tan hirientes, que parecen estar siendo descargados en la frontera del fin del mundo.

Es un mal que se globaliza. Lo observamos en las ligas europeas de futbol, en la Champions, en las ligas de Latinoamérica, en la NBA, y en casi todos lados, con raras excepciones de quienes actuando racionalmente, conscientes de la esencia del deporte alrededor de saber ganar, pero también saber perder, se replieguen a realizar una revisión de las fallas que incidieron en las derrotas, sin culpar a los otros.

El problema va más allá y con mayor gravedad. Refiriéndonos a lo más común, un choque de vehículos, las dos partes se culpan, aunque es evidente que uno de ellos tiene la razón… ¿Cuántas veces he escuchado a padres decir que su hijo le caía mal al profesor y por eso no aprobó? A mí me aplazaron tres años, y nunca fue por culpa de los profesores. Mis padres lo sabían muy bien. Si algo se quiebra, o peor aún se pierde, nadie fue entre los posibles responsables y todos se quedan viendo incluyendo el culpable. 

Se trata de la pérdida de honestidad, una virtud que hace mucho tiempo era tan apreciada en la sociedad en que se movilizaron en su presente, nuestros padres y nosotros mismos, y ahora se encuentra en fuga hacia ninguna parte, desplazada por el descaro, consecuencia de tantos malos ejemplos… El público paga los boletos, cierto, pero culpar a la comisión del Pomares, que me parece ha sido muy funcional pese a ser sometida a tantas presiones, es un acto de irresponsabilidad frente a la falta de capacidad de un equipo para superar las dificultades que plantea una serie crucial para sobrevivir.

Hay tres equipos favoritos fuera de combate, y sus seguidores deben entender que en deporte, el resultado es drásticamente determinante, así tengas los mejores jugadores y hasta tu equipo realice buenos juegos. En semifinales quedarán fuera otros dos, y uno de los sobrevivientes perderá la final, pero intenten mirarse hacia adentro, no vayan a buscar culpables entre los otros. Lamentablemente, ese deporte de culpar a los otros es ahora más popular que el beisbol en Nicaragua, y carcome al país.