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Ha muerto Felo Ramírez, narrador cubano nacido en Bayamo, muy vinculado con Nicaragua. Un hombre sin edad, aunque obviamente por encima de los 90, tanto, como los estacazos de Stanton y Judge encima de las verjas. Su muerte duele, y mucho, pero quedan sus huellas imperecederas: el recuerdo de su armoniosa voz, de su fácil descripción, de esa habilidad para meter a cada oyente en el corazón del juego, de sus vastos conocimientos, de esa pasión, de su precisión con el infaltable toque de picardía, de su trayectoria fulgurante e inagotable, de su ingreso al Salón de la Fama en Cooperstown, de su atractivo anecdotario, y sobre todo, de su calidad como ser humano… Si yo fuera narrador de beisbol, le estaría pidiendo inspiraciones a su ataúd.

¿Quién en Latinoamérica, aficionado al mejor beisbol del mundo, no escuchó las transmisiones realizadas por Buck Canel y Felo Ramírez en la Cabalgata Deportiva Gillette? Esa fue una combinación de doble plays tan famosa como Tinker y Evers, Rizutto y Martin, Vizquel y Alomar. Ahí estábamos, masticando uñas, con el sistema nervioso alterado viajando a bordo de un tren bala, viendo en una pantalla imaginaria todo lo que ocurría en el terreno. Así fuimos creciendo.

Así lo conocí

La vida tiene giros imprevistos. Fue en uno de esos giros que el gran narrador venezolano Delio Amado León me presentó a Felo Ramírez. No lo podía creer en aquel 1971. Rápidamente, comencé a cultivar una amistad con él, más adelante sobreviviente a una operación en el corazón. Era un gran tipo que pica y se extiende tratando de ayudarle al prójimo, sin ningún vínculo con la envidia, con una inmensa fe en sí mismo, consciente de su valor y trascendencia.

Fue Felo quien en 1973, cuando Oswaldo Gil me llamó desde Puerto Rico después del terremoto, me ayudó a instalarme en la isla. En su programa de Radio, se atrevió a recomendarme como escritor de deportes, asegurando que respondería a cualquier expectativa. Ernesto Díaz González llamó a la emisora casi al instante para ofrecerme espacio en su revista Hit. “Tuve que mentir para ayudarte. Imagínate, fue un riesgo”, me pasó diciendo muchos años, cuando yo recordaba ese episodio.

Siempre soñó estar en Cooperstown. “Claro que lo deseo, pero no sé si algún día llegaré. Mi voz está adentro narrando el jonrón 715 de Aaron y el hit 3,000 de Clemente, pero no estoy yo”, apuntaba... No había ninguna señal de amargura, pero tampoco se resignaba. “Seguiré esperando”, dijo el narrador de unas 41 Series Mundiales, incluyendo el juego perfecto de Don Larsen. Por fin logró ser seleccionado para entrar al Salón de la Fama. “Posiblemente el día más feliz de mi vida”, expresó.

Relator de Alexis y Denis

Varias veces estuvo en Nicaragua, y por gestión de Carlos Guadamuz y Miguel Castillo, transmitió unos juegos de nuestra pequeña pelota por Radio Ya. Fue la única vez que lo acompañé en una cabina. Antes, durante la Liga Profesional, fue admirador de Rigo Mena y de Duncan Campbell, los dos más grandes pinoleros de ese tiempo. En 1974, transmitió para Nicaragua la pelea de Alexis Argüello con Rubén Olivares, y en 1976, el debut como abridor de Denis Martínez contra los Medias Rojas en el Fenway Park de Boston, realizando el esfuerzo desde su casa en San Juan, Puerto Rico.  

Narraba la pelota del Caribe en Venezuela y Puerto Rico. Ingenioso, estimulante, hábil manejando las imágenes, oportuno con sus metáforas, Felo nos mostraba el estilo que todos deseamos tener. Él manejó las palabras tan magistralmente como Rodin el cincel o Rafael el pincel, y siempre tan humilde como un peregrino religioso. La cabina fue para él una especie de púlpito, y haciendo sus enfoques, trataba de distanciarse de los alardes. No logró recuperarse después de ese accidente en Filadelfia, cayendo del bus de los Marlins el 26 de abril de este año, golpeando su cabeza.

Ha muerto un inspirador, pero no la inspiración que provocó en tantos. Eso pica y se extiende.