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Se dice que los grandes nunca lo pierden todo, siempre les queda algo, una especie de certificado de su grandeza, pincelazos, destellos, incluso en el deporte, pese al deterioro acelerado que produce el paso del tiempo. A los 40 años, lo que queda de Floyd Mayweather fue suficiente no solo para emocionar al público que lo vio atravesar dificultades en los tres primeros asaltos frente a la agresividad de Connor McGregor, colocando presión en todo instante sin abrir espacios, para mantenerlo en pie, a ratos empinándose en busca hasta del más pequeño detalle, comprobando que la pantera envejecida, todavía era capaz de electrizar.

Miguel Ángel trabajando en el mármol a los 89 años, Saramago escribiendo a los 90, Floyd peleando a los 40, saliendo de una jubilación, retando la juventud y el poderío físico de un atleta, sin experiencia, solo en boxeo, pero acostumbrado a la violencia y la exigencia de la resistencia en períodos más cortos. No fue una gran pelea, pero superó los cálculos de quienes la consideramos un acto de circo, un asalto a ingenuos, una burla, algo previamente indefinible. Poco a poco, los incrédulos nos fuimos interesando en lo que estaba ocurriendo. Floyd no podía entrar y McGregor se estaba convirtiendo en una ecuación difícil de resolver.

Árbitro evita derrumbe

No ver a Floyd, quien sufrió varios martilleos en su cabeza, peleando en reversa, fue algo extraño. El peleador más difícil de golpear que ha existido, una vez que comenzó a filtrarse entre la guardia de McGregor -quien por cierto llegó a parecer un verdadero boxeador pese a su postura y estilo de ejecuciones-, consiguió disparar sus combinaciones con más acierto, y decidió ir hacia delante en todo instante, mientras el desgaste quitaba fortaleza a su adversario y frecuencia en sus intentos de sostener un ritmo agresivo. Después del sexto, Floyd se estableció definitivamente y en el noveno, dejó a McGregor listo para el derrumbe. No ocurrió, porque en el décimo, el árbitro compasivo, gritó ¡no más!

Obviamente fue otro Floyd el que vimos. Asustado en principio al sentirse atenazado, con su creatividad recortada, y soltándose poco a poco, sin apuro pendiente de dosificar esfuerzos, acelerando solo cuando era posible hacerlo. Acostumbrado a peleas de cinco rondas de cinco minutos, McGregor estaba moviéndose casi sin control muscular en los asaltos 9 y 10, sin energías ni para salir de la línea de tiro de Mayweather, y aunque dijo que la pelea no debía haber sido detenida, sabía que ya no tenía nada qué hacer, y que de no intervenir el árbitro, su desplome estaba escrito.