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En el boxeo como en la vida, levantarse frente a los golpes de la adversidad y la injusticia muestra la verdadera grandeza. Es en ese punto de ebullición al que te empuja la motivación, que se encuentra Román “Chocolatito” González, ansioso de enfrentar nuevamente al tailandés Srisaket Rungvisai y recuperar una corona que nunca debió haber cedido, víctima de un despojo que todavía nos duele a todos. Aunque esa derrota realmente no existió, la posibilidad de perder siempre está flotando siniestra y sigilosamente, por muy bueno que sea un peleador, por muy amplio que sea su favoritismo. 

Marvin Hagler perdió su invicto en 1976 después de debutar y avanzar ruidosamente en 1973. Reaccionó a dos reveses y continuó sin perder hasta 1987, cuando contra pronóstico lo derrotó Ray “Sugar” Leonard, quien parecía condenado a las sombras; Joe Louis perdió por vez primera ante Schmelling en 1936, ajustó cuentas en la revancha y extendió su fantástica carrera hasta 1951, sufriendo solo tres reveses; después de perder su invicto en 1964, Carlos Monzón atravesó 13 años sin conocer la derrota construyendo su grandeza; Leonard fue derrotado por Durán en 1980 y de inmediato se enderezó, continuando hasta 1997 entre largas pausas. Perder no fue el fin, ni para Ali con León Spinks.

Máxima confianza

No creo, ni pienso, que Román perderá con Rungvisai, sobre todo cuando repaso las imágenes de la batalla que protagonizaron en marzo, pero podría ocurrir. Recuerdo cuando sorprendentemente en nota publicada aquí el 6 de septiembre del 2016, antes de enfrentar a Carlos Cuadras, el bravo pinolero me dijo: “estoy listo para perder”. No lo tomé en serio, pero las dificultades que necesitó atravesar, parecidas a las de Ulises en su regreso a Ítaca, nos preocuparon. Hace unos días en un breve cambio de impresiones en el programa Doble Play, le pregunté si perder con el tailandés lo haría pensar en no seguir después de una carrera lo suficientemente extensa.

“En ningún momento tengo pensado eso. Perder no es el fin. Creo en mi capacidad, en mi preparación, en el conocimiento adquirido sobre el rival y en mi determinación de recuperar lo que es mío. Nunca he menospreciado a nadie, pero como siempre, solo pienso en la victoria”, respondió con el mismo aplomo que exhibe atacando con las dos manos, moviéndose con destreza hacia delante, mirando fijamente al adversario, tratando de cerrarle todas las salidas.

Ojo con esa cabeza.

“¿Algún temor?”, continué. “Siempre hay un temor, siempre hay nervios. Es normal, no solo en el boxeo, pero cuando estás bien física y mentalmente la confianza es superior. Lo demostré aún por encima de una caída y de los cabezazos. Precisamente mi principal concentración es tener mucho cuidado con esos cabezazos. Subir cualquiera de las manos a tiempo. Sé que va a ser una pelea difícil pero estoy preparado. No todas las peleas son iguales, pero sé que viene de frente, que tiene preferencia por embestir, que debo utilizar el contragolpe como freno, ser lo necesariamente ágil y fuerte. Sé que puedo hacer todo eso”.

Aunque nunca ha fallado en hacer el peso, eso es lo único incierto. “Mi preparación en Japón fue óptima. He logrado llevarme muy bien con el señor Tanaka y me siento afilado”, apuntó. Así que, a pocas horas del sonido de la campana, Román González se empina por encima de su confianza y nos contagia. Volverá al trono.