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Después de ver cómo Srisaket Sor Rungvisai le cerró todas las puertas para intentar abrirse paso, y comprobar  que “Chocolatito” González careció de ideas con la mente nublada y sin respuesta muscular para proponer pelea, como si hubiera envejecido prematuramente, nos preguntamos frente a un futuro ambiguo e incierto: ¿qué decidirá entre seguir y no seguir? Seguramente, agotará el tiempo para reflexionar.

Fue una derrota atroz, dolorosa y sin remedio. El ring parecía estar hirviendo y “Chocolatito”, derritiéndose. Algo peor, la presencia inesperada de la desilusión y la tristeza. Una herida que quizás nunca cicatrizará. Mientras la corta pelea transcurría, veía mi imaginación como una enemiga. Nada de lo previsto. ¿Dónde estaban ocultas la pasión, la fuerza, la destreza y la convicción de un púgil que desde las categorías pequeñas llegó a crecer tanto, que fue considerado el mejor libra por libra? 

Un desfile de sombras

Sus estrepitosas caídas en ese caótico cuarto asalto, víctima del golpeo de derecha realizado con tanta contundencia y precisión por Rungvisai, fueron estremecedoras. Y vino el desfile de ensueños, de sombras y de lamentos. Y en una caja, muerta como un lirio, la pobre esperanza, diría Rubén.

En un país tan escaso de valores como el nuestro, duele, y mucho, ver caer a “Chocolatito” que tanto significaba para alimentar sueños. En el momento trágico del “no más”, junté dos interrogantes: ¿Era él quien estaba siendo reducido a la inutilidad por Rungvisai? y ¿Cuándo volveremos a tener alguien como él?... Dijo que de perder, seguiría, pero ya veremos si revisando la forma de perder, y sobre todo, el esfuerzo que deberá hacer entre riesgos para regresar a los niveles de competencia que proporcionan notoriedad y bolsas, mantiene esa decisión.

El público no conoce el martirio del boxeador. Grita, se entusiasma, se conmueve y le exige a un peleador. Se rinde a la idolatría más fácil y enérgicamente que en cualquier otro deporte. Adora las reputaciones y también las ataca bruscamente. Es la ley ineludible del hombre público. El público busca la victoria como un lujo del talento y se arruga más que el protagonista entre las cenizas de la derrota.

Fue reducido a lo simple

Durante la brevedad de tres asaltos y medio, Rungvisai no le permitió a Román trazar ningún plan. El pinolero, pese a cierto intento de mostrarse, tuvo que someterse al mandato de los puños del tailandés, que lució fuerte, agresivo, certero, tenaz, inquebrantable. ¿Qué puedes hacer cuando tu cabeza está vacía y tu corazón no se acelera? En cambio, Rungvisai fue en todo instante, un manantial de fuerzas físicas y espirituales. Román dio la impresión de estar batallando con lo imposible.

Insisto en preguntarme: ¿Qué es lo que pasó? Román olvidó el manejo de la geometría del ring, nunca se vio el boxeador-golpeador de apropiado caminar, armado de variadas habilidades que conocemos. ¿Cómo fue posible? En el cuarto asalto, el despojado peleador del enfrentamiento anterior, estaba siendo atropellado, cayendo una y otra vez, sacudido por golpes de derecha. Extendido en toda su longitud, la imagen era impresionante, capaz de sacarnos gemidos. Quizás pensaba que una vez fue un boxeador tan temido y reconocido, y que ahora, inexplicablemente, en forma súbita, había quedado reducido a lo simple. Eso dolió, y mucho.