Edgard Tijerino
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Si México pierde hoy, hay una cabeza en peligro –la del entrenador Sven Ericksson, aunque no de inmediato por estar el duelo con Honduras en San Pedro en la vuelta de la esquina-, y la tranquilidad de un país que, después de la derrota frente a Estados Unidos abriendo la hexagonal, no admite otra cosa más que la victoria.

“No he pensado en perder. Aquí nadie le ha dado forma a ese pensamiento. Eso está descartado”, me dice el entusiasta Fernando Cerrillo, uno de los ejecutivos de la Selección de México, la noche del jueves.

Pero, ¿si se produce otro “aztecazo”?, le pregunto, refiriéndome a la ruidosa victoria tica por 2-1 en junio de 2001, durante las eliminatorias para la Copa Mundial, única derrota de México en un partido oficial en el Coloso de Santa Úrsula a lo largo de 53 partidos oficiales.

“No, eso no va a ocurrir. Lo siento por la ley de las posibilidades”, interviene Víctor Guevara, otro miembro del aparato de dirección del fútbol mejicano, agregando “no hay temor por otro impacto negativo de ese tipo”.

Sin embargo, por encima de ese entusiasmo aparentemente sin límites, asoman las narices de ciertas dudas, como ¿a qué juega México?, ¿por qué no está Sinha, el brasileño nacionalizado?, ¿qué variantes en la alineación utilizará Ericksson?, ¿qué tanta falta hará Rafa Márquez?, ¿abrirá Nery Castillo?.

Una gran preocupación, imposible de ocultar, es el intento de Ericksson de jugar a “la europea” sin tener los componentes necesarios para hacerlo. Utilizar el menor número de toques, ir hacia adelante no a los lados, proyectarse hombres y balón lo más rápidamente posible, abrir por las bandas para bañar de centros, no es del fútbol mejicano por carecer de los hombres apropiados para hacerlo, pero el entrenador sueco, tomando riesgos, ha insistido.

Los ticos siguen apegados a su juego de pases rápidos en espacios cortos, apoyándose en su habilidad para desequilibrar y desbordar, que defensivamente manejan muy bien sus relevos y saben utilizar muy bien el medio. No pueden ser subestimados como una amenaza latente, lo cual le inyecta la necesaria cuota de suspenso al juego de hoy.

Impresiona el ambiente. Aquí, el país entero está en movimiento alrededor del juego. Todo México quisiera alcanzar en el Azteca y estar en pie desde antes de las cinco de la tarde. Es un fanatismo incontrolable con todo el periodismo volcado. No hay forma de escapar a esa atracción que ejerce el duelo.

Si México pierde, será catastrófico, en tanto si gana, como medio mundo espera, será galvanizante antes de viajar a Honduras. Por ahora, hay una cabeza en peligro, la de Ericksson, y la tranquilidad de un país.