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DESDE GUADALAJARA. ¿Qué era el beisbol pinolero en 1970, tres años después del apagón de luces de la Liga Profesional? Cenizas nada más. Cero interés, como si nunca se hubiera jugado ese deporte en el terruño y nos resignáramos a vivir de los recuerdos. Fue Carlos García, quien falleció hace tres años un día como hoy 18 de septiembre, el que se impuso la tarea de juntar pedazos y tratar de restaurarlo, como se hizo con La Última Cena de Leonardo y parte del techo de la Capilla Sixtina con los trazos de Miguel Ángel. Era un reto mayúsculo porque nuestros aficionados se habían acostumbrado al beisbol excitante que garantizaron Throneberry, Scott, El Borrego, Silverio, Reagan, Kralic, Lee Tate, y tantos más, entre ellos los súper nicas Campbell, Rigo, “El Ñato” y Willie Hooker, del tamaño de los mejores peloteros importados, sin fotocopias en el sector amateur. 

SALTANDO RETOS. Pero Carlos, siempre audaz, dijo ¿por qué no?, y se paró frente a la muralla de dificultades, pensando cómo derribarla. Tenía que hacerlo poco a poco, aún entrando en contradicción con su acelerada manera de proceder que lo llevó a tantas precipitaciones. Lo más atractivo era la Liga Paco Soriano y la utilizó como palanca para comenzar a mover la montaña de pretensiones. Resultaba imposible conseguir patrocinio, y Carlos, de su inagotable baúl de atrevimientos, decidió pagar el espacio en una emisora para hacer transmisiones de juegos en su primer intento por quebrar el hielo y reactivar el interés en cámara lenta. Su segundo paso fue apoderarse de las riendas de Feniba derrotando en una votación de campaña tormentosa a Gustavo Fernández. Después fue a motivar a ciertos sectores privados y gubernamentales para darle forma a la primera Liga de la nueva etapa, utilizando como pilares a jugadores, en su mayoría con experiencia como Juárez, Lacayo, Calixto, Obando, Jarquín, José Cortez, Aarón Mora
les, Chester Davis, Juan Oviedo, Herradora, el zurdo Alonso y otros.

FABRICANDO ASOMBRO. Tenía que contar con el apoyo de los cronistas y locutores, cuya figura cumbre era Sucre Frech,  asegurando el impulso de alguien tan ruidoso e incidente como Rafael “El Dinámico” Rubí, y de José Castillo Osejo, agregando el aporte en lo escrito de Edgar Castillo “Koriko” y Eugenio Leytón de La Prensa, junto con Oswaldo Bonilla y Francisco Pinell de Novedades… Logró aplicarle ciertas pinceladas al Estadio Nacional y contó con los parques sin terminar el de Granada y Chinandega, más los de maderas crujientes que tenían Masaya y León. Fue un éxito al revés y al derecho. ¿Quién iba a sospechar que dos años después, en 1972, Carlos García estaría ofreciendo un Mundial de Beisbol todavía recordable?

 La mayor sorpresa que proporcionó fue traer a dos miembros del Salón de la Fama de Cooperstown, Joe Dimaggio y Bob Feller, y al comisionado de Grandes Ligas, Bowie Kuhn, a esa inauguración con olor y sabor a pueblo. Yo no lo creía.

IRREPETIBLE. Siempre me pregunto: ¿Qué hubiera sido de nuestro beisbol sin la osadía, esas uñas y la pasión de Carlos García? ¿Habrían sido firmados Denis Martínez y Tony Chévez? ¿Estaríamos recordando el Mundial de 1972? ¿Qué otro se hubiera atrevido a montar un Mundial sin el Estadio Nacional como escenario y con Managua terremoteada, como él lo hizo en 1973? Viendo todo lo que ocurrió después, cuando se dice de él que ha sido el mejor, se va a lo obvio. Ni un milímetro de discusión.