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Cuando dos peleadores revestidos de una temeridad solo graficada por auténticos gladiadores, atraviesan doce asaltos entre las llamas en busca de la cima del Monte Fuji, dejando con su furia huellas imperecederas, el público y sobre todo el deporte lo agradecen profundamente, más allá de detenerse a discutir el fallo. Es lo que ocurrió la noche del sábado en la T-Mobile Arena de Las Vegas, en la batalla con sentencia de empate, que le permitió al kazajo Gennady Golovkin retener sus cinturones de las 160 libras, y al mexicano Saúl “Canelo” Álvarez, agrandarse lo suficiente para obtener el respeto tan largamente buscado. Ambos mostraron ser peleadores de verdad, capaces de producir encabritadas emociones. Con el empate, ganaron ellos y ganó el boxeo.

Golovkin fue insistente

La derecha de Golovkin pudo establecer una diferencia clarificadora, pero, en contraste con el buen manejo y precisión de su látigo zurdo, la inmensa mayoría de sus disparos de poder con su otra escopeta, algunos de muy largo recorrido, no necesitaron de una gran destreza defensiva del “Canelo” para perderse en la nada. Esa derecha funcionó mejor cuando Golovkin le recortó distancia y por supuesto poder, lo cual no perturbaba al azteca tan atento a volcarse en los contragolpes con gran determinación, controlando su atrevimiento para salirse a tiempo de la zona roja, reduciendo la capacidad de daño del golpeador más frecuente.

El ritmo del combate y la presión aplicada por Golovkin, obligó al “Canelo” a utilizar todas sus reservas físicas y espirituales en forma tan impresionante, como lo fue la insistencia del kazajo por no soltar la iniciativa en un combate que pareció tan largo como la Guerra de las Galias. Pensé que las ofensivas desplegadas por Álvarez en los asaltos 8 y 10, sobre todo este último de final tan enfurecido por los dos lados, le pasarían una gruesa factura al mexicano, muy próximo al límite del agotamiento, pero recurrió  ese factor que se llama “alma del boxeador”, que agita e hincha corazones, mientras te metes entre las brasas en alardes de coraje. Solo una preparación exigente podía permitirles a los dos cerrar tan fuerte el combate y provocar tres puntos de vista diferentes en las tarjetas.

Revancha quedó sellada

Ray “Sugar” Robinson no solo en sus peleas con La Motta, y Mohammed Ali, no solo frente a Frazier y Foreman, fueron maestros en manejarse con sus espaldas rascando las sogas para enfriar la fogosidad del otro, atacar en corto con ráfagas y salirse por cualquiera de los costados. “Canelo” sin esa flexibilidad y destreza, no podía hacer eso, pero no pareció  preocuparse cuando fue a las cuerdas repetidamente empujado por la activa y bastante precisa mano izquierda de Golovkin, quien apareció con su mejor línea de boxeo, aunque errático en los intentos de completar con su derecha esas arremetidas. El mexicano, sin espacios,  logró una y otra vez  “torear” el peligro. En ningún instante, pese a sus antecedentes destructivos, vimos a un Golovkin espoleado en busca de hacer prevalecer su poderío. Igual que “Canelo”, cada uno de diferentes formas supo hacer uso de su inteligencia, lo cual inyectó un mayor interés a la pelea a la orilla de la bravura mostrada.

Fue fácil observar que estando contra las cuerdas sometido a un bombardeo no siempre efectivo, “Canelo” prefirió buscar salidas por la derecha, a riesgo de encontrarse con la zurda del campeón, pero evitando cualquier derecha explosiva en busca de ajustes. No le fue mal al azteca, consiguiendo llamativas contraofensivas con las dos manos y mayor poder. En mis apuntes realizados frente a una de las pantallas en el Club “La Colina” en Guadalajara, invitado por los doctores nicas Luis Almanza y Luis Pérez, hay dos situaciones críticas de Golovkin en el combate con piernas gimiendo y una del “Canelo”… Reitero, vi ganar a Golovkin, pero el fallo empate, sin dejar de alarmarnos por esa diferencia absurda 118-110, no provocó molestias, quizás por ser considerado un reconocimiento al plus esfuerzo de ambos, por beneficiar al boxeo y proteger el negocio. La revancha quedó sellada. Hay que volverlos a ver. Vale la pena.