Edgard Tijerino
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Mientras caminaba sobre ese césped, admirablemente cuidado, casi resplandeciente, que presenta el Estadio Azteca, pensaba sobre todo lo grandioso que ahí había ocurrido a lo largo de 40 años, y rápidamente, saltaban del baúl de los recuerdos, dos imágenes imborrables en el disco duro de nuestra memoria, perennizadas por la magia del vídeo: el cabezazo de Pelé contra Italia y aquella deslumbrante actuación en la final de 1970, y la todavía increíble capacidad de maniobra de Maradona, serpenteando entre troncos ingleses, para concretar el gol del siglo pasado en 1986.

Pelé y Maradona, sin la menor duda, los dos más grandes jugadores de todos los tiempos, brillaron intensamente en este Estadio, convirtiéndose en las figuras cumbres de dos Copas del Mundo que coronaron a los seleccionados de sus países. Y ese brillo permanece intacto.

“Y el gol de Negrete contra Bulgaria”, me apunta el Jefe de operaciones en el Estadio Azteca, con un timbre de orgullo. ¡Claro!, le digo, ¿Cómo olvidar esa tijera magistral, merecedora de un marco en el Palacio de Bellas Artes?.

Pero lo más impresionante es cómo ha funcionado el mantenimiento en este Coloso tan rebosante de salud, que no da la impresión de tener 40 años, y después de la reducción del Maracaná en sus tribunas, es uno de los tres más grandes del mundo. Parece mentira que una instalación para albergar más de 100 mil excitaciones, se encuentre tan nítida, con sus vestidores muy limpios y todos sus rincones trabajados con cariño.

Comenzado a construirse en 1962, y listo para servir de escenario en 1966, este Estadio fue inaugurado con un juego entre el América y el Torino de Italia, antes de abrir sus puertas a la Copa del Mundo de 1970, la del “tri” de Brasil, y ser testigo del llamado más grande duelo en la historia de las Copas, como fue Italia-Alemania en ese torneo, con victoria italiana 4-3 en un tiempo extraforzado por el gol de Schnellinger sobre el sonido del silbato. Aquellos cinco goles en 30 minutos, enloquecieron al planeta fútbol, ridiculizando lo fantasioso ante solamente 27 mil espectadores.

Como Televisa es el dueño del Estadio, en 1997, cuando falleció el dirigente Guillermo Cañedo, se le cambió de nombre, sólo para regresar a “su bautizo” en vista que sucesores de Cañedo se separaron de la poderosa Compañía de Televisión.

Hasta hoy, el Estadio Azteca ha sido más grande que lo conseguido por el sufrido fútbol mejicano, sólo cuarto-finalista en la Copa de 1986, y sacado del trono de la Concacaf, para entrar al oleaje de perturbaciones, peleando cada clasificación.

El tiempo sigue pasando y el viento sigue rebotando en “El Coloso” de Santa Úrsula, pero la instalación no pierde espectacularidad apoyándose en actualizaciones y un mantenimiento que sería ganador de medalla de oro. Todavía abrillantado por los recuerdos de Pelé y Maradona, este Estadio parece poder llegar a sobrevivir tanto como las Pirámides de Egipto.

dplay@ibw.com.ni