Edgard Tijerino
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Impulsado por el intenso latir de casi cien mil corazones, y con los ojos de esa multitud agrandados por la necesidad de una victoria, siguiendo paso a paso los movimientos de cada uno de sus hombres, México se impuso 2-0 a Costa Rica, logrando sacar su cabeza de la olla de presión y volviendo a respirar.

El gol de Omar Bravo a los 20 minutos, derechazo letal después de un remate zurdo bravamente rechazado por el arquero González, y el penal, explosivo y preciso, ejecutado por Pavel Pardo –a lo Rivelino- en el inicio del segundo tiempo, hicieron que las esperanzas aztecas de una ruidosa reactivación en esta hexagonal de la Concacaf, amanecieran convenientemente maquilladas, como el rostro de Elizabeth Taylor, mientras filmaba Cleopatra.

El partido tuvo un inicio engañoso. Costa Rica, manejando mejor la pelota y los espacios, jugó para adelante en los primeros 15 minutos, en tanto México, muy horizontal y buscando el manual de las ideas, se quedaba atrasado. El gol de Bravo, el muchacho que trataba de ser visto por el Deportivo La Coruña antes de regresar al fútbol mejicano, a cambio de una fortuna entregada por los Tigres, funcionó como despertador, haciendo rugir al Monstruo de cien mil cabezas, y vibrar a todo el país. Y además, sirvió como orientador, porque México fue otro equipo a partir de ese instante.

La defensa tica, sin poder reaccionar de acuerdo a las exigencias frente a un rebote largo en el caso del gol logrado por Bravo, quedó aturdida y la sincronización se perdió. Aun en espacios cortos, sus entregas de pelotas eran erráticas, y la inutilidad por las bandas, les quitó capacidad de agresión a los ticos. “Hay que admitir que México jugó muy bien”, dijo Kenton, el técnico tico que vio cortarse una racha de 9 juegos sin perder, olvidando agregar lo obvio: sobre todo porque nosotros quedamos expuestos a cualquier tipo de asalto.

Sin ser molestados por el anticipo, ni recortados por un buen marcaje, los mejicanos constantemente derribados, se movieron con tranquilidad, velocidad y seguridad. El penal cobrado por Pavel Pardo muy temprano en el segundo tiempo, fue la puñalada mortal. Costa Rica comenzó a desangrarse mientras se metía mansamente en un laberinto poblado de Minotauros verdes.

¿Alguna variante costarricense frente a ese 0-2 adverso? Ninguna, y desde que se inventó el Paraíso, la resignación es la forma más efectiva de sepultar intentos de resurgimiento. El resplandor que fabricaba un casi impecable, batallador y creativo Andrés Guardado; la multiplicación de esfuerzos de Omar Bravo, ansioso por clavar otra estocada; la incidencia de Pavel Pardo colocando sobre el terciopelo azul del Azteca esa jefatura proporcionada por la experiencia y el talento; las proyecciones de Leandro y los vivísimos reflejos del poco exigido arquero Memo Ochoa, redondearon una cómoda actuación de México y un triunfo justo y seguramente revitalizante en este discreto nivel de la Concacaf.

“Siento que he renacido”, dijo en la Conferencia de Prensa, el siempre sobrio entrenador de México, Sven Erickson, y apenas exageraba un centímetro estremecido por la emoción de haber salvado su cabeza.

dplay@ibw.com.ni