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De pronto, sentí que me encontraba en el parque de los asombros, sin poder medir el mío. Estaba recorriendo el nuevo y resplandeciente estadio que nunca pensé llegar a ver. No después de doblar la curva de los 70 años y haber visto envejecer en cámara lenta el viejo coloso que abrió sus puertas en 1948, cuando yo era apenas un chavalo, siendo impactado más por la multitud de los 30,000, que por la propia construcción y la grandeza de aquel Campeonato Mundial. No hay nada más poderoso que la imaginación, pero me quedé corto, muy corto, imaginando lo que podría ver al entrar al nuevo escenario de nuestro beisbol como lo hice ayer. ¡Pobre incrédulo! pensé, tratando de esconderme detrás de mi propia sombra.

Estadio Big Leaguer

No hay manera de esconder el asombro, y lo comprobé ayer mirándome a mí mismo, y por supuesto a ese trabajo monumental realizado. El Ing. Martín Guerrero me quedaba viendo, mientras los mexicanos Diego y Carlos Valenzuela, garantizadores del proyecto con un preciso trabajo de supervisión, involucrados por sexta vez en darle forma a un estadio, respondían mis preguntas y entraban en explicaciones durante el recorrido. “Sí es un estadio con nivel de Grandes Ligas”, me dije emocionado. Hace unas semanas estuve por primera vez en el parque de los Marlins de Miami y todo me parecía igual. La visión del terreno, de las tribunas, de los palcos preferenciales, de las cabinas de transmisión, y la sensación de estar navegando alrededor de la isla de la fantasía. 

Denis Martínez lo sabe mejor que cualquiera de nosotros. Esos vestidores lo harán sentirse de nuevo en Cleveland, en aquel fabuloso Jacobs Field, que abrió sus puertas cuando él llegó a los Indios en 1994. Lo tiene todo. Claro, se trata de un estadio más pequeño pero no menos funcional que cualquiera de allá. La gente de la alcaldía (Enrique Armas, Fidel Moreno y Amaru Ramírez) tampoco podía ocultar su inmensa satisfacción. El día 20 van a entregar esa obra para nosotros majestuosa, insospechada antes de la iniciativa del Gobierno de Taiwán, y finalmente concretada con el esfuerzo casero.

Hay tanto que admirar

Se habla de un costo de 38 millones de dólares en la construcción, agregando 10 millones más por el terreno y algo más para completar detalles. Es decir, más de 50 millones. Yo caminaba, observaba, miraba al cielo, rascaba mi cabeza y me decía: “¿qué tanto se van a impresionar las legiones de aficionados locales cuando se sienten en esas butacas numeradas y crean estar flotando entre las nubes?”. Entre todo lo visto, no hay nada esculturalmente frío. Hasta el tornillo más pequeño cobra vida frente a nuestro asombro.

El palco principal es fuera de serie. Me dicen que será alquilado por día, para quienes tengan que atender a invitados especiales. Es posible que yo no vuelva a entrar y por eso aproveché un ligero parpadeo para sentarme en un sofá. ¿Y qué decir de la visión? “No hay punto en que puedas quejarte de perderte algo”, me dice Diego Valenzuela. El parqueo para 800 vehículos, más un centenar de buses, visto desde el tercer o cuarto piso, parece ser más amplio. Hay pasillos horizontales en las tribunas para rápido y cómo tránsito, la evacuación de 15,000 personas, tope de su capacidad, podrá hacerse entre 10 y 15 minutos. El sonido ha sido sometido a prueba lo suficiente y será manejado por un especialista, que ofreció una demostración.

Casi todo listo

Los sky box, con presencia hasta de 15 personas, movimiento interno, butacas y comodidades, están vendidos todos con precios entre 70,000 y 120,000 dólares por diez años. Los sitios para restaurantes, incluyendo el Hooligans en la entrada, tendrán facilidad de acceso con llenos completos y las comidas populares funcionarán ordenadamente. Más de la mitad de la cerca está comprometida con anunciantes, la iluminación ha recibido el okey, las cuatro capas de arcilla en el montículo bien colocadas, la arcilla deshidratada para los deslizamientos en las bases también lista, el drenaje suficientemente comprobado y el estudio sobre el mantenimiento sigue abierto. “Esa preocupación será resuelta favorablemente”, me dice Enrique.

El estadio está ahí frente a mí, en pie, resplandeciendo, esperando el momento del play ball este 20 de octubre. Denis lanzará la primera bola y quizás Daniel se coloque en el cajón de bateo. Estoy tratando de salir de mi asombro. Es el parque que nunca pensé llegar a ver. Un timbre de orgullo. Un estímulo para nuestros peloteros. Un abrazo al futuro. Un sueño realizado.