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Encumbrarse encima de la adversidad es lo que te hace verdaderamente grande. Aún después de la derrota en Leipzig, su destitución y el exilio en la isla de Elba, Napoleón regresó para reactivarse 100 días antes de lo ocurrido en Waterloo. El boxeo ofrece un territorio apropiado para regresos memorables. Robinson después de perder con LaMotta y con Maxim; Ali después de Frazier, de Norton y de Spinks; Leonard después de Durán y de aquel empate casi derrota con Hearns; Olivares reinventándose constantemente; Alexis dejando atrás el revés con Marcel; De la Hoya después de Trinidad; Pacquiao tantas veces. Una derrota no liquida a un grande, a menos que te deje destrozado por fuera y por dentro. 

Esa imagen imborrable

Los días han pasado, y sigo viendo la imagen de un “Chocolate” deambulando en la nada desde antes del primer campanazo. Esa mirada triste hacia ninguna parte, esa falta de energía durante la presentación en contraste con lo mostrado por Rungvisai, ese inicio tan inseguro próximo a lo temeroso, la falta de iniciativa, no poder prevalecer en los cambios, no poder evitar que el tailandés intensificara la presión y, finalmente, verlo caer dos veces, estrepitosamente, no dejó dudas sobre el peleador irreconocible que vimos en su primer revés real. Digo que no voy a volver esos cuatro asaltos que fueron como cuatro estaciones de un amargo calvario, pero lo hago, quizás buscando inútilmente otras imágenes.

No tenía explicación ese parecido con un peleador desgastado, empujado a buscar las puertas de salida, como Leonard al ser desarticulado por Terry Norris, como aquel Tito Trinidad casi desnudado por Winky Wright, como el Roy Jones dos veces derrotado por Antonio Tarver, como Óscar de la Hoya inutilizado frente a la fuerza superior de Bernard Hopkins. Sigo preguntándome: ¿Cómo fue posible ese deterioro después de haberlo visto presionar con bravura pese una temprana caída y cortes en su cabeza, frente al mismo Rungvisai, provocando una polvareda inagotable por el fallo en contra descabellado? Ningún peleador desaparece en pocos meses. ¿Qué se hizo aquella tea encendida de razones y argumentos boxísticos?

¿Desaparece el alma?

El alma del boxeador es lo último que se va. La flexibilidad de los músculos, la potencia, la resistencia, la distancia requerida, la conexión cerebro-corazón, todo eso se va perdiendo, pero el alma sobrevive. Cuando comienza a apagarse es que piensas en no seguir. Se supone que con 30 años, debe interesarte dejar un recuerdo diferente a la inutilidad observada. Ese Olivares que vimos frente a Alexis Argüello era un peleador reconstruido después de perder dos veces con Rafael Herrera y una con Art Hafey, que llegó a sorprender a los llamados expertos, y también a sí mismo. Y tuvo alma para continuar derrotando a Bobby Chacón en pelea por el cinturón del CMB.  

Si eso se acabó, si el temor a los riesgos que se multiplican en una pelea te aguijonean, si deja de ser atractivo ir al gimnasio, si te molestan las madrugadas para correr, las dietas, y miras la báscula como temible enemigo, se esfumó el amor por el boxeo. Contra eso, el único antídoto es la necesidad, y si te sientes lo suficientemente fuerte económicamente, y puedes seguir recibiendo apoyo, y no tienes problemas, entonces el orgullo boxístico puede ser engavetado. Román tiene tiempo para tomar la decisión de seguir o no seguir. Él dirá si Rungvisai fue su Waterloo.

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