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El viejo y herido “Goliat” ha resistido las embestidas de vientos huracanados, el estremecimiento escalofriante de un terremoto tan devastador, y el implacable paso del tiempo, permaneciendo en pie, listo para seguir siendo útil aún cojeando, mientras el nuevo estadio se muestra majestuoso como una joya “marca” futuro, preparado para albergar las nuevas historias del rey de los deportes en Nicaragua. 

Miro al uno y al otro. Recuerdo todo lo que me proporcionó el uno, convertido en hechos, y comienzo a imaginar lo que espero del otro, entre posibilidades y sueños, maravillándome de su existencia. El viejo estadio cansado, ahora con jeans desteñidos y raídos que sobreviven por lo fuerte de la tela con la que fue construido; y el otro, el nuevecito, saltando frente a nuestra vista de frac, con el mejor casimir, zapatos relucientes. Ese contraste por siempre triste y doloroso entre lo nuevo y lo viejo, lo moderno y lo pasado de moda, lo actualizado y lo caducado, molesto pero inevitable, marcado por lo que el tiempo no ha podido llevarse, exigiendo agilidad a nuestras memorias, y suficiente espacio en el archivo. Algo que nadie podrá quitarnos.

Restaurarlo, un acierto

Imagino a Cayasso en uno de esos vestidores. Se sentiría en el rincón de algún Palacio, con intención de quedarse a dormir para seguir soñando. Cuando entre Porfirio Altamirano los va a comparar con los que tuvo el estadio de los Veteranos en Filadelfia, en tanto Denis Martínez podría hacerlo con los del Memorial en Baltimore. Los aficionados de los sectores populares, tan acostumbrados al concreto, en sus cómodas sillas, no como las que usaba “El Rey Sol”, pero no soñadas por quienes pagarán 30 córdobas en la profesional y apenas 20 en “El Pomares”. 

Que buena decisión restaurar nuestro viejo parque, como lo informó Fidel Moreno. En Nueva York, el estadio con más historias, conocido como “La casa que Babe Ruth construyó”, con posibilidad de ser un museo Yanqui, fue lamentablemente demolido. Comprobada su múltiple utilidad, vale la pena aplicarle al nuestro, no un maquillaje apropiado, sino un fortalecimiento que proporcione su sostenimiento con seguridad. Se trata de otra inversión, pero es obvio que vale la pena hacerlo. Como aquellos gladiadores que se imponían en el coliseo romano, graficados por Máximo, ese Estadio merece seguir en pie y es necesario.20  de octubre será inaugurado el nuevo Estadio Dennis Martínez, en el inicio de una serie de tres desafíos entre las selecciones de Nicaragua y Taiwán.

Este es mi ranking

Me preguntó un escucha de Doble Play ¿qué fue lo mejor que yo vi en ese Estadio?, y le respondo de inmediato que la Serie Interamericana de beisbol de 1964, cuando se coronó el Cinco Estrellas con los aportes de tres de los más grandes peloteros que este país ha producido: Rigo Mena, Duncan Campbell y Willie Hooker. Tan improbable como meter un rayo en una botella, es volver a ser testigos aquí de un evento de ese nivel con tantos big leaguers activos en acción entre ellos, Roberto Clemente, Orlando Cepeda y José Pagán. Cuando lo recuerdo, froto mis ojos y la mente se me ilumina. Estaba muy pequeño en 1948 cuando me llevó mi padre a la inauguración. Lo único que recuerdo, es el mar humano. 

Esa es mi selección número uno, por encima del liderazgo sentimental que tiene el Mundial de Beisbol Amateur de 1972, continuando cronológicamente con los once años del Beisbol Profesional entre 1956 y 1967, las llamadas olimpíadas escolares del Ramírez Goyena año tras año, el triunfo de Eduardo “Ratón” Mojica sobre el tailandés Chartchai Chionoi en 1968, la extra-glorificada victoria en futbol sobre Estudiantes de la Plata en 1966, el grito ¡Se hizo la luz! en febrero de 1957, la presencia del superastro Willie Mays patrullando el jardín central en octubre de ese mismo año, ver en acción a los olímpicos mexicanos José Pedraza –medallista- y Juan Martínez en 1969, la pelea Yambito-Olivares en 1971 con Alexis en las preliminares, la conquista del Campeonato Mundial de peso mediano por parte de Eddy Gazo derrotando al argentino Castellini en 1977, la defensa de Rosendo Álvarez frente a Kermin Guardia, y tantos hechos más entre el sonar de claros clarines.

Tantas “cosas raras”

Un Estadio escenario de “cosas raras”, como ver al sol apagarse por quedar sus baterías sin carga. Una corrida de toros con Luis Procuna; un juego de baloncesto fantasioso ofrecido por los Trotamundos de Harlem, incluyendo por un rato a un pinolero, Frank Sanders; un evento de motocross con montañas de tierra adentro; ser campo de concentración para una preparación militar; carreras de carros insólitas; carreras de carretones no menos asombrosas con las tribunas rugiendo; circos estadounidenses; shows como el de Raúl Velasco; conciertos ruidosos y súper poblados como el de Santana y Juan Gabriel; misas, tomas de posesión, sitio para cómputo de votos en diferentes elecciones; solo faltaron carreras de hormigas y saltos de grillos. 

En el amanecer siniestro después del terremoto del 22 de diciembre de 1972, se me ocurrió ir al Estadio una vez apareciera el sol en escena. Tomé mi motocicleta que me permitía circular serpenteando entre los escombros y llegué al Estadio. Ahí estaba terriblemente golpeado, Asunción “El Burrito” Lezama quien era responsable del cuido del campo, y Carlos García, quien había hecho posible un extraordinario trabajo de restauración, tan llamativo, que Roberto Clemente, Tomás Morales y Joaquín Martínez, el primero pelotero de Salón de la Fama y los otros dos, cronistas con cobertura de más de 10 Series Mundiales, lo consideraron el mejor parque del Caribe con el acondicionamiento requerido para considerarlo del nivel de Grandes Ligas.

¡Cómo dolió!

Con excepción de las graderías de sol, el resto de espacio tenía sillas; las luces se trajeron de Holanda; los vestidores se ampliaron así como las cabinas de transmisión; el palco principal tenía acceso directo y las comodidades necesarias; a la orilla de la pizarra un mensajero electrónico que en ese tiempo, solo lo tenía el Estadio Shea de los Mets de Nueva York. Cómo dolió ver agrietarse brutalmente ese esfuerzo mayúsculo. Nunca se pudo jugar un partido oficial de nuestro beisbol en ese remodelado escenario. El juego de estrellas del Mundial, fue el último, con Pedro Selva alargando a 16 su racha hiteadora. Ese amanecer siniestro del 23 de diciembre de 1972, mientras veía a ese Estadio herido y sangrando, pensé como dice García Márquez en sus memorias “ahí es donde se acabó el mundo”. Pero el terco Coloso ha permanecido invencible, batallando, resistiendo las embestidas de vientos y el paso del tiempo.