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Decía Plutarco, que tanto Alejandro como Julio César deben haberse asustado de lo que lograron superando sus propias expectativas. Posiblemente, Dennis Martínez debe estar sintiéndose así en estos días, preguntándose frente al espejo ¿Fue tanto lo que hice para ser merecedor de tantos elogios y reconocimientos, hasta llegar a sentirme dueño emocional de este estadio, que a partir de hoy será el símbolo de nuestro beisbol? 

La noche histórica del 20 de octubre, la que verdaderamente será recordada como inaugural del nuevo y reluciente escenario, Dennis estaba asustado mientras celebraba su triunfo 246, con otro Juego Perfecto, captando de una vez por todas esa simpatía abrazada a la admiración sin límites, que es cultivada en los corazones de una multitud que siente un profundo amor por el beisbol y sus figuras cumbres, y que ha aprendido a apreciar a Dennis Martínez, logrando dimensionarlo correctamente. 

Algo más fácil

¿Cómo se consigue ese tipo de Juego Perfecto? Sacar 27 outs es formidable, una hazaña que te inmortaliza como pelotero, pero que para lograrla necesitas de otros, que también acierten en todas sus gestiones, obligados a no fallar. Un parpadeo, y la ilusión se derrumbará estrepitosamente. Eso fue lo que Dennis consiguió el 28 de julio de 1991 en Los Ángeles, cuando Marquis Grisson atrapó la pelota bateada por Chris Gwynn. Apenas el pitcher número 15 en realizar un trabajo perfecto, como pintar La Última Cena, o esculpir El Moisés.

Pero la perfección en el enderezamiento de una vida; la persecución desesperada en la búsqueda de convertirse en orgullo de su familia; ese deseo día a día agigantado de ser la inspiración de sus hijos y de la juventud en proyección; esa exigencia al máximo con él mismo sin pretender ser espejo para nadie, solo sintiéndose cumpliendo una misión; esa entrega a la fe con una firmeza tan llamativa; esa lucha como la de Ulises con el Cíclope por no volver a flaquear, por llegar a ser y permanecer por siempre como el Dennis que estamos viendo; esa perfección, es más difícil, mucho más difícil que 27 outs en fila.

Nunca se detuvo

Es eso lo que le reconocemos, es eso lo que le ha permitido imponerse sobre envidias, pequeñeces y mezquindades, sin un gramo de molestia. ¿Cómo olvidar cuando hace unos años dijo “No sé por qué me critican tanto, si lo que he hecho es derrochar esfuerzos, mostrar mi temple, abrirme paso entre dificultades y establecerme como pinolero en el mejor beisbol del mundo”. Se llegó a decir de él insólitamente, hasta que no se le debía considerar nicaragüense. Y lo decían nicas que no han hecho nada por este desventurado país.

Sin embargo, Dennis nunca se detuvo. En cada momento trágico, se colocaba --junto con su familia-- al frente de campañas para conseguir apoyo. ¿Cuántos de nosotros lo hemos hecho? Fue acumulando experiencias, adquiriendo conocimientos, inyectándose un poco de sabiduría, hasta llegar a convertirse en un especialista en ofrecer charlas en universidades, en empresas, en grupos juveniles, en cualquier parte, como factor de motivación. Dejamos de ver solamente al pitcher de las grandes cifras para fijarnos en la persona, en su interés por ayudarle a las nuevas generaciones, en la jefatura de familia tan bien ejercida, en el esposo sin mácula. 

No un héroe, un ejemplo

El paso del tiempo es tan implacable como infalible. Siempre coloca todo en su lugar, imponiendo lo real sobre lo falso. Ahora, viendo a este Dennis Martínez, nos percatamos que más allá del pelotero glorificado, ahí teníamos al nicaragüense que este país tanto necesita. No un héroe, no un prócer, simplemente un ejemplo perfecto para levantarse de la lona y proyectarse como triunfador. Alguien que supo del dolor desde su infancia, y que ha sido capaz de luchar como un espartano espantando fantasmas para su reconstrucción perfecta.

El momento mágico, el que taladró su corazón, nubló su mente, tambaleó sus piernas y lo hizo viajar entre las nubes, fue cuando escuchó esa ovación que parecía extenderse hacia la eternidad al presentarse en pantalla el último out del Juego Perfecto. De pronto, la máquina del tiempo había retrocedido 26 años. El batazo de Chris Gwynn hacia la profundidad del jardín central parecía llevar un mensaje siniestro. La pelota viajaba entre un vuelo de cuervos que amenazaba manchar la faena magistral, oportunidad que muchas veces no vuelve a presentarse, o no se presenta nunca.

No falles Marquis

Los ojos de Dennis se agrandaron como si temiera que Grisson no le llegara. La multitud, en pie, empinada, se sintió transportada hacia la inseguridad, como si el desenlace fuera desconocido. Los corazones gritaban ¡Vamos Marquis, tú puedes, no falles ahora, no en este momento! Dennis sentía que el estadio estaba hirviendo. Finalmente la atrapada, no monumental, pero asegurando el sueño. La última posibilidad de parpadeo había sido desvanecida. Más de doce mil miradas fueron hacia Dennis, y no encontraron al pitcher, sino al hombre que es ahora, tan emocionado como cada uno de ellos. 

La ovación seguía y Dennis parecía aturdido. Estaba festejando su triunfo 246, ese que no necesita box score, su otro Juego Perfecto, el de más significado en una sociedad que cojea, que tartamudea, que sangra, y que necesita de inyecciones revitalizantes como la que él proporciona. Quizás, como dijo Plutarco, estaba asustado de sí mismo, igual que Alejandro o Julio César, pero vestido de pelotero.