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Ángel Dávila nació en agosto de 1941. Cuando lo conocí, en 1970, me dio la impresión de ser un veterano como Satchel Paige, quien debutó en Las Mayores próximo a los 50. Siendo solo tres años menor que él, me pregunté ¿habrá nacido así? El largo pícher derecho de mirada siniestra, picheo valiente, sangre fría sacada del congelador y una confianza inmensa en poder resolver cualquier problema que le entregaran, entraba a las brasas como un pistolero aburrido, caminando en forma desgarbada. No estuvo en los staff consecutivos de 1969, 70 y 71, pero Tony Castaño convenció a Carlos García que podría ser útil en el Mundial de 1972, y lo llamó. Le gustó lo que había visto de él con Chinandega, ganador de títulos caseros en el 70 y el 71, cuando nuestro beisbol amateur volvió a despegar. 

Bobby Thompson de los Gigantes, no necesitó más que su jonrón contra los Dodgers el 3 de octubre de 1971, y Don Larsen, aquella tarde del 8 de octubre de 1956 lanzando Perfecto también contra los Dodgers. Si a cualquiera se le pregunta por algo más de Thompson y Larsen, está en problemas. Pero son inmortales. Aquí, podemos decir que Ángel Dávila no necesitó más que sacar ese último out del decimoprimer inning contra Puerto Rico en uno de los juegos más dramáticos del inolvidable Mundial de 1972. ¡Cómo disfrutó ese momento una multitud de 20 mil personas! Ha sido quizás el relevo más tenso que hemos vivido.

¿Cómo olvidarlo?

No me voy a enredar. Esto fue lo que escribí sobre ese cierre de Dávila: Perdiendo 2-1 por el batazo y el sprint enloquecedor de Julio Cuarezma, fue Puerto Rico a batear el cierre de ese decimoprimer inning, con Chévez –cuarto lanzador nica- enviando rayos al plato. Johnny Martínez y entrega el primer out, pero Chévez bolea al peligrosísimo Mercado. La locura regresa cuando Garay se  poncha. A un out de la ansiada victoria, Roldán un zurdo de  mucho tacto dispara hit llevando la carrera que puede empatar el juego a segunda y colocando en primera la de la muerte.

La angustia llega al máximo, cuando  después de ser enviado Mangual a correr por Roldan, Valentín recibe boleto llenando las bases. Ahora la carrera de la victoria está en segunda, y el mánager boricua Roberto Clemente envía como emergente al fuerte toletero Carlos Ramos por Alcides Curet. Chévez abre con un lanzamiento bajo y Argelio no aguanta más. Entra y llama del bullpen al veterano Ángel Dávila, ese hombre  que nació para resolver los problemas difíciles. Los dedos están cruzando y los corazones gimiendo. Dávila cruza una bola más a Ramos y la incertidumbre crece. Un nuevo lanzamiento, esta vez strike, viene a ser un ligero sedante. Con conteo de 2 y 1, Dávila envía la tercera bola mala. Uhh, ya  no quedaban uñas entre los asistentes.

Final de alarido

Momento crucial y aparece la serenidad y firmeza del viejo zorro, cruzando el segundo strike, alentando al público. Bases llenas, la cuenta en 3 y 2 y Ramos amenazante, listo para firmar la sentencia de muerte de los nicas. No se podía pedir más. El silencio es absoluto, tan espeso que puede  cortarse  con un cuchillo. Dávila mira a los corredores, y todos miran a Dávila, los muchos que están en el terreno y los más  de 20,000 que están en las tribunas. El hombre se arma parsimoniosamente, como restándole importancia al trascendental momento, los jugadores del cuadro tensionan sus músculos en espera del desenlace. Dávila levanta los brazos, se impulsa y lanza. El sonido de la pelota al chocar con el bate de Ramos, nos sacudió a todos. ¿Dónde diablos irá a parar esa pelota? El roletazo fuerte se interna en lo último del campo corto cargado a la tercera, y hasta allí llega la sombra fantasmal de Jarquín que recoge limpiamente y envía con seguridad absoluta el tiro largo a primera. Cuando Calixto ahoga la pelota en su guante instantes antes de que llegue Ramos, el estadio está convertido en una convención de locos con todos en el uso del grito. Nicaragua ha ganado. Mi título fue “20 mil en suspenso y un final de alarido”.

Angel Dávila, el hombre de ese momento, murió ayer. Pero como se dice constantemente en Juego de Tronos, “Muerto, no morirás”.

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