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Vi la pelea mientras desayunaba el domingo. En frío, sabiendo lo que había ocurrido, solo interesado en chequear las imágenes. La victoria clara, rotunda y sin complicaciones del siempre sensacional Vasyl Lomachenko sobre Guillermo Rigondeaux después de seis asaltos, me hizo recordar lo ocurrido en 1974 entre Carlos Monzón y José Ángel “Mantequilla” Nápoles, precisamente en el mismo trayecto, coincidiendo el también cubano, en no salir para el séptimo. A diferencia de Rigondeaux, quien necesitaba un tercer puño en el intento de complicar al ucraniano, “Mantequilla” no lo hizo por lesión. 

Misión imposible

No puede un buen peleador como lo son Rigondeaux y Nápoles, subir aceleradamente de peso para retar a rivales calificados de invencibles y, sobre todo, batallando con desventajas en alcance. “Mantequilla” frente al llamado “Gaucho de hierro” fue más atrevido que Rigondeaux, concentrado en estirar lo más posible su sobrevivencia, recurriendo a trucos y boxeo más sucio que confuso. En ningún momento Lomachenko le permitió a Rigondeaux un acercamiento peligroso. Lo mantuvo a raya como decía mi abuelo, obligándolo a funcionar como oruga, tratando de esconderse de si mismo.

El árbitro, excesivamente tolerante con las maniobras antiboxeo de Rigondeaux, veía como la derecha veloz, precisa y reiterativa de Lomachenko, golpeaba a Rigondeaux en sus encorvamientos, lo mantenía sin opciones de penetración, forzándolo a todo tipo de amarres desesperados. Pese a la diferencia de peso, pensé que Rigondeaux haría más, pero estuvo desarmado todo el tiempo, bloqueado por completo, solo recibiendo, hasta que convencido de su inutilidad, dijo “no más”. Estaba consciente que la superioridad de Lomachenko terminaría por ahogarlo en la ridiculez.

Peleando a la ciega

Una pelea desigual. Lomachenko fue en todo instante, quien decidió qué hacer. Tomó todos los hilos y no se apuró frente a las irregularidades del cubano. Eso sí, no concedió un centímetro, ni un segundo, ejerciendo presión. En ciertos momentos, Rigondeaux pareció estar peleando a la ciega, descartando la posibilidad de poder inventar algo, y sin el corazón lo suficientemente grande para incursionar en el terreno de los riesgos y morir como espartano. Desde antes del sexto asalto, se sintió un condenado y sin dudar lo de la lesión, colocarle otro brazo, mano incluida, no provocaba cambios.
No pudimos ver en todo su esplendor el boxeo versátil, flexible y certero de Lomachenko por culpa de Rigondeaux, quien conspiró contra el espectáculo, pero lo conocemos. Con todas las ventajas de su lado, como Monzón frente a Nápoles, el ucraniano resolvió con tranquilidad una ecuación que se esperaba más difícil. Es como si no hubiera peleado. Ni más, ni menos.