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¿Será sólo un domingo de fama? ¿Un fugaz veranito? No importa. A los excesos festivos les sigue una resaca de aquellas, un tiempo mustio. El hecho de que no dure o, mejor dicho, no se repita igual-igualito es algo que sólo debe preocupar a los melancólicos graves.

Hablemos hasta la náusea entonces de este gran Xilotepetl que pulverizó a Estelí. Elogiemos su andar sinfónico, su baile antológico. Olvidemos por un rato las lealtades aburridas a las que nos somete el fútbol y hagámonos aficionados de lo bueno. Al menos por esta hexagonal. Seguramente no saldrá campeón, y a nadie le asombraría que, aún manteniendo sus premisas estéticas, perdiera un domingo cualquiera ante un equipo mediocre pero curtido en trabajar resultados.

Todo el mundo lo dice y acaso sea cierto: el equipo denota “la mano” de Martín Mena. Me gusta concederlo porque Mena es un tipo noble, de pasión genuina y una sensibilidad que el fútbol no ha mellado con su clima de subasta.

Xilotepetl tiene la abnegación del toque y el denuedo para ir al frente por las calles con las fachadas más bonitas. Amén de un componente que ni el propio Mena revelaría como parte de su credo: la búsqueda de la iluminación. Del milagro pedestre. La jugada que atraviesa el césped de los mortales como un rayo literalmente deslumbrante, propio de otras artes y otra fe.

Pero igual, tomemos los legados con cautela. Al margen de su talento individual, Martín tiene su genealogía y una perseverancia ideológica que nos envía a una tradición discursivamente muy poderosa. Hagamos justicia con Lucas Piccinini, un volante central refinado, un Michael Jarquín corregido. Y con Emilio Palacios, talentoso y desparejo, con la pinta de un héroe de Flaubert. Y con todo un equipo que no persigue la perfección sino la apoteosis, y que lo consiguió frente a Estelí. Que los “ideólogos”, los profetas de zapatillas o micrófono no le arrebaten un gramo de la hazaña.