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El paso del tiempo, lento o vertiginoso, nos permite llegar a dimensionar correctamente comportamientos, que en principio, aunque llamativos por no tener precedentes, no son tan precisos. Ocurre con la actuación pinolera en los Centroamericanos de 1990 realizados en Tegucigalpa, levemente oscurecida por la doble derrota sufrida en beisbol frente al equipo salvadoreño. Lo que hemos vivido en este 2017 y todavía festejamos ruidosamente, nos mantiene atrapados entre mil encontradas emociones. Es un sentimiento sublime que se hincha más allá del nivel de competencia discreto del evento, como lo indican claramente los tiempos y marcas registrados. Como lo hemos dicho, estos Juegos no serán olvidados. Su significado es indiscutible.

Diferencias numéricas

El total de 216 medallas, es impresionante superando los cálculos más optimistas. Parece un certificado de mayoría de edad, como el conseguido en 1990, conquistando 59 medallas de oro entre el total de 147, con 373 atletas, es decir 326 menos que los 699 competidores presentados en este 2017. En el 90 se compitió en 22 deportes, no en 28, una ampliación de seis. Fue un tiempo en que el fisicoculturismo era de exhibición, el billar no estaba incluido y el remo no comenzaba a gatear. Aquella generación que comenzó a mostrar uñas y dientes en 1986, saltando bruscamente en 1990, tuvo que fajarse y responder en deportes en los que antes no figurábamos. 

No podía creer en Guatemala 86, cuando vi a los velocistas nicas barrer en todas las distancias, 100, 200 y 400 metros, a Róger Miranda dominar los 800, y Marisol García obligar a una revisión fotográfica en la final de 100 con la guatemalteca Cristina Schumann. Las 9 medallas en tenis de mesa con Óscar Molina haciendo estragos asegurando 4 oros, y las 22 en pesas -deporte limitado a totales de 7 y 9 en los años 73 y 77- solo con el sector masculino en acción, fueron estimulantes. Esa siembra de 1986 facilitó la cosecha de 1990. Después que los periódicos de Guatemala advirtieron al caer el telón ¡Cuidado! No hay que perder de vista a Nicaragua, la tropa pinolera llegó agigantada a Tegucigalpa cuatro años después, con la sostenida preparación de los atletas y mayor experiencia.

Mejoramos y adelante

“Vamos a mostrar un mayor avance”, se dijo en el informe previo elaborado por el Instituto de Deportes, con el apoyo de los asesores cubanos en varias disciplinas, y se logró. Tan consistente fue la actuación en el 86 y el 90, que hay marcas intocables desde hace 31 años, como el 10.7 segundos de Roberto Guillén, convertido hoy lamentablemente en más de 11 segundos. Hablo de marcas nacionales como el disparo de 55.28 metros de Dalila Rugama registrado en el 2007 que ha permanecido intacto. Hay marcas de los Juegos de 1990, que sin ser deslumbrantes, siguen siendo competitivas, cuando en un proceso evolutivo prudente, deberían haber sido superadas. 

¿Quién nos iba a decir que el impacto de deportes como el billar, el remo y el fisicoculturismo, serían decisivos en esta admirable actuación del 2017, que al mismo tiempo, entre el júbilo indescriptible nos permite valorar lo conseguido en 1990, con esos 59 oros siempre resplandecientes? Como decíamos ayer, el compromiso es retomar la frase que sonó antes de viajar a Tegucigalpa en aquel tiempo: “Vamos a mostrar un mayor avance”.