•   Londres  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Un calambre en el isquiotibial izquierdo causó, el 12 de agosto, un doloroso adiós al más grande, Usain Bolt, que, con un modesto bronce en el zurrón, se despidió del estadio olímpico de Londres para penetrar en el territorio de la leyenda.

Rodando por la pista en plena recta durante la final mundialista de 4x100. De aquella guisa fatal expiró la órbita gloriosa del astro jamaicano, que en los últimos nueve años, desde su explosión con el triplete olímpico en Pekín 2008, cargó con casi todo el peso del atletismo sobre sus espaldas.

A media recta, Bolt se trastabilló y se derrumbó entre gestos de dolor. Sobre la pista azul permaneció durante dos minutos, ocultando su cara entre las manos, antes de incorporarse para llegar ya sin prisas, caminando, hasta la meta.

Un adiós inesperado para tal vez el atleta más grande de todos los tiempos, que cruzó la meta acompañado por sus tres compañeros de relevos en la escena más dramática de los Mundiales.

Once veces campeón mundial y ocho olímpico, Bolt deja huérfano al rey de los deportes. El presidente de la IAAF, Sebastian Coe, se consuela pensando que el planeta seguirá girando después de Bolt, pero pocas veces un tópico se ajusta tanto a la realidad: el hueco que deja es gigantesco, tardará en ser llenado.

Cuando más arrecia la dictadura mediática del futbol, Bolt ha ilustrado miles de portadas en medios de comunicación de todo el mundo con poses espectaculares, números coreográficos, su enorme corpachón lanzado a toda velocidad hacia la meta por las calles centrales, unos metros por delante de todos los demás.

El público británico, que lloró la desgracia de Bolt, encontró consuelo con la victoria de los suyos. Chijindu Ujah, Adam Gemili, Daniel Talbot y Nethaneel Mitchell-Blake lograron la hazaña de batir a un cuarteto, el estadounidense, que tenía al campeón y al subcampeón del mundo, Justin Gatlin y Christian Coleman.

Día histórico

Los aficionados siguieron con el corazón en un puño, sobrecogidos por la emoción y conscientes de estar asistiendo a un acontecimiento histórico, la última carrera del hombre que siempre quiso ser una leyenda del deporte y trabajó muy duro, destrozándose la espalda, para convertirse en mito.

Su trayectoria -once medallas de oro y 15 en total en Mundiales, ocho (todas de oro) en Juegos Olímpicos, tras perder la de relevos 4x100 de Pekín 2008 por dopaje de su compañero Nesta Carter-, se extinguió aquel sábado 12 de agosto en el mismo estadio que cinco años atrás había sido escenario de su segunda exhibición olímpica.

Los Mundiales de Londres 2017 pasarán a la historia sobre todo por este adiós. Desde 2008 nadie pudo derrotarlo en grandes campeonatos, ya fueran Mundiales o Juegos Olímpicos, hasta ese fatídico día. Bolt solo dejó escapar una medalla de oro, la de 100 metros en Daegu 2011, pero por su salida prematura, que le costó la descalificación.

En presencia del “Relámpago” palidecieron en Londres las proezas de otros atletas de acrisolada calidad que han tenido la desgracia de ser coetáneos del astro jamaiquino.

Mal año para gente como el británico Mo Farah, rey del fondo que se pasa ya al maratón; el sudafricano Wayde Van Niekerk, el más completo del mundo en la combinación 100-200-400, o la rusa Maria Lasitskene, que persigue el récord mundial de altura. Sus éxitos recibieron menos espacio en los medios, Bolt lo ocupaba casi todo.

Opacó a todos

El eclipse del “rey sol” fue aprovechado por el saltador de altura catarí Mutaz Essah Barshim para hacerse con el trofeo al mejor atleta mundial del año, junto con la heptatleta belga Nafissatou Thiam, ambos campeones en Londres.

Segundo en la lista de todos los tiempos con un salto de 2.43 (a dos centímetros del récord mundial del cubano Javier Sotomayor), Barshim se mantuvo invicto durante toda la temporada, logró el título mundial en Londres y ganó la Diamond League en su disciplina.