Edgard Tijerino
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Fue en 2001, cuando enfrentó al español Javier Castillejo, que observé las primeras señales de un Oscar De la Hoya próximo al retiro. Lo vi como si de pronto se le hubiera perdido el alma que impulsa a los boxeadores a tomar riesgos sin medir las consecuencias y programar horas extras de adiestramiento sin importar los sacrificios, para conseguir su mejor estado atlético posible. Su corazón latía, pero no como una locomotora resoplando en busca de más kilometraje, abriéndose paso entre terremotos y tempestades para atrapar más grandiosidad.

Meses después se casó con la cantante boricua Millie Correjta, y pensé: si algo faltaba para garantizar su retiro, era esto. Lo suficientemente joven, cobijado por la fama y la fortuna, tratando de formar una familia, ¿por qué va a querer seguir en un oficio tan rabioso y rodeado de tantas telarañas como es el boxeo? No fue así, Oscar siguió peleando, llegando a sufrir tres derrotas estrepitosas de diferentes formas: su abandono frente a Bernard Hopkins, totalmente frustrante; la inferioridad manifiesta ante la versatilidad y el arte de Floyd Mayweather, no quedando nada por discutir; y el brutal y hasta cierto punto escalofriante atropello a que lo sometió Manny Pacquiao.

¿Qué piensan ustedes que va a informar hoy Oscar De la Hoya? Seguramente que no seguirá peleando. Ser boxeador es verdaderamente duro, desgastante y cruel, en todo instante. Correr por las madrugadas mientras los otros duermen, sujetarse con dietas tan estrictas como desesperantes, entrenar como un condenado enmarcado en una disciplina espartana, resignarse a cumplir con un catálogo de restricciones, ser perseguido por todas las miradas, quedar expuesto a diferentes criterios, sentirse sentado en una estufa caliente. ¡Diablos, qué lejos está el paraíso!
¿Por qué Muhammad Ali se resistía al retiro después de haber lucido tan catastróficamente deprimente frente a Larry Holmes? Y Durán, y Leonard, y Chávez, y tantos peleadores espectaculares que han insistido permanecer en pantalla, aun sabiendo que boxísticamente ya se encontraban desnudos y enclenques, difíciles de ser identificados entre escombros.

Rocky Marciano tenía fama y dinero, se sostuvo invicto sobreviviendo a castigos terriblemente dañinos, y decidió, oportunamente, retirarse del boxeo, como lo hizo Carlos Monzón, el inolvidable “Gaucho de hierro”, después de su segunda victoria sobre Rodrigo Valdez, sin haber sido severamente golpeado en su brillante carrera. Ellos colocaron sus egos a un lado, mostrando humildad.

Todos queremos que Floyd Mayweather regrese, pero el muchacho que ganó lo suficiente para evitar seguir inmerso en ese mundo a veces tan tenebroso, está resistiendo la tentación. Nunca vencido y poco golpeado, Mayweather es alguien especial mezclando la prudencia y lo práctico. En ese espejo puede estarse viendo Oscar De la Hoya, cuya imagen se ha visto carcomida en sus últimas peleas.

Si decide seguir, es una locura; si anuncia que se retira, como muchos esperamos, colocará su sensatez sobre el tapete. A esta altura, con tantas facilidades, no puede ser un suicida.