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¿Quién dice que el paso del tiempo puede desvanecer recuerdos y sujetar emociones? Han pasado 45 años y como vaticinó taladrada por el dolor, doña Vera de Clemente, Roberto permanece con vida, lo sentimos, y cada año que pasa, sabemos más sobre él y sigue siendo una fuente de inspiración para quienes lo conocimos, y para las nuevas generaciones.  Era la noche del 31 de diciembre de 1972 y todavía se levantaban columnas de humo en los escombros de la Managua terremoteada. Se escuchaban los gemidos de una ciudad con su presente sangrando y el futuro inmediato terriblemente borroso. El caos estaba hirviendo. Fue esa noche la última vez que lo vieron. Ahí estaba, a la orilla de ese avión “sospechoso” cargado en exceso con ayuda para Nicaragua. Se veía tan agitado como cuando entraba al cajón de bateo, perseguía una pelota en el rincón derecho del Forbes Field, o buscaba una posición de tiro para exhibir ese rifle mira-telescópica que provocó tanto asombro.

No hubo forma

“Tengo que ir. Hay que garantizar que esta ayuda llegue a manos de quienes la necesitan, y no sea desviada”, dijo frente a las advertencias, con la cena servida en casa, la música invitando a quedarse y los amigos insistiendo. No hubo forma de detenerlo. Estaba involucrado en una misión. 

Nunca más lo volvimos a ver. El avión cayó en el mar y desapareció. Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando, dice el tango de Alfredo Le Pera cantado por Gardel. Roberto Clemente murió hace 45 años, pero su recuerdo sigue acelerando latidos de nuestros corazones, como si estuviéramos viendo venir una locomotora cargada de mil encontradas emociones, obligándonos a examinar como humanos. 

La fuerza del ejemplo

Durante todo ese tiempo, me he preguntado: ¿Cuántos de nosotros hubiéramos sido capaces de llegar a ese nivel de esfuerzo, entrega y sacrificio estremecidos por la tragedia de otro país?

Clemente murió tratando de ayudarnos. ¡Qué cruel es a  veces el destino! No se trata de un súbito amor con Nicaragua, sino de mostrarnos lo que era capaz de hacer por los otros, sobre todo, estando consciente de las terribles dificultades. No, no podía permanecer indiferente. Seguirán pasando los años y su recuerdo permanecerá entre nosotros, tan consistente como las Pirámides de Egipto. Al morir Roberto Clemente, quedaba atrás del dolor sin medida y los lamentos por su pérdida, la inmensidad de la noche, las llamas imaginarias de las velas de su ejemplo, el vuelo de las esperanzas y el reto mayúsculo de tratar de ser como él.