•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Hay veces, en que la muerte es mentira. Durante 45 años, Roberto Clemente ha estado con vida entre nosotros. Lo hemos visto entrar a nuestras casas y abrazarnos, instalarse cada vez con más firmeza en nuestras memorias, cabalgar por las calles como un ejemplo de humanismo, cobijarnos con esa humildad solo posible en la grandeza, y sobre todo, mostrarnos lo que es verdaderamente amar al prójimo como a nosotros mismos.

Reiteradamente me he preguntado por más de cuatro décadas: ¿quién de nosotros sería capaz de hacer algo así? Dejarlo todo, amigos, familia, comodidades, para tomar riesgos y ayudar a los de otro país, en la noche final del año. Un momento apropiado para mostrarse de cuerpo enero, no con el interés de provocar asombro y captar reconocimiento, sino con el propósito de ser útil a los otros, a los más necesitados. Un compromiso irrenunciable. Un impulso de su corazón. 

¿Por qué no ir?

Es por eso que no atendió solicitudes casi desesperadas gritándole “¡No vayas Roberto! Deja eso para mañana”. Ni siquiera el peligro que representaba un avión fallido y la sobrecarga, lo detuvieron. Era el hombre en la misión contra todas los factores adversos, como Leónidas en las Termópilas. A lo largo de 45 años he estado regresando al momento cumbre de la vida de Roberto Clemente, ese en que se agigantó, pensando en Nicaragua.

Imagino a Clemente atravesando cuatro años más en las Grandes Ligas, estirando sus grandiosas cifras, profundizando sus huellas deportivas, haciéndose merecedor de una selección de primer intento para el Salón de la Fama, ganando mucho más dinero retirado que cuando estuvo en acción igual que DiMaggio o Mays, invitado a los grandes eventos, siendo material biográfico productivo como pelotero, pero falleciendo sin ese revestimiento de humanismo que logró dimensionarlo correctamente. 

Midiendo su grandeza

Al morir así, volvió a nacer. El mito estrictamente deportivo, el mejor jugador latino, se transformó en alguien más puro, más sublime, más incidente, obviamente más significativo. Fue entonces que descubrimos al verdadero Roberto Clemente, graficando su amor al prójimo, más impresionados porque ese prójimo éramos nosotros. Nunca hubiésemos podido medir la grandeza humana de Clemente, sin esa noche, sin ese objetivo, sin ese final de vida para renacer.

Después de 45 años, el resplandor del corazón de Roberto Clemente, nos sigue iluminando mientras su ejemplo nos empequeñece. ¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de hacer lo que él hizo la noche del 31 de diciembre de 1972? No abandonar nunca su recuerdo es una obligación moral, y espiritual. En la noche que él sintió más que nunca a Dios, nosotros lo conocimos a él.

Gracias Roberto. Te estoy viendo.