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“Solo exijo de mi tránsito por la vida, haber sido útil”, dijo en uno de sus libros -podría ser El mundo de ayer, su autobiografía-, Stefan Sweig, uno de mis escritores preferidos.

Ayer falleció en Miami Julio Rocha, sin duda el más importante dirigente que ha tenido el futbol nacional, quien se vio seriamente afectado por una distorsión de comportamiento que lo condenó a salir del deporte, perder su libertad, engavetar su capacidad de trabajo y ver inutilizado el nivel de competencia adquirido a través de diferentes estudios y experiencias cultivadas.

Ninguna justificación, se enredó, patinó y salió de escena. Eso sí, fue útil, y sobre su utilidad, quedaron las huellas que trazó a lo largo de su vida. Son imborrables más allá de sus fallas. 

Una larga relación

Conocí a Julio en los años 60 cuando él, muy joven, trataba de proyectarse en el equipo Diriangén y yo jugaba en la UCA.

Fue su padre quien me habló de él. Era el tiempo en que Carlos Chong se mostraba como la cabeza más visible de “Los Caciques”.

Casi de inmediato comenzamos una relación varias veces fragmentada, que se extendió por más de 40 años, incluyendo aquella demanda en mi contra, defendiendo al Comité Olímpico Internacional, de un artículo cuestionador que yo publiqué con algo de furia.

Después de trabajar con él en algunos proyectos, pasamos un par de años distanciados producto de ese problema, hasta que volvimos a aproximarnos durante los Olímpicos de Sidney en el 2000.

Antes de saltar a la presidencia de la Fenifut en 1987 con el apoyo de Emmett Lang, ministro de Deportes y presidente del CON, Julio llegó a ser calificado como un destacado militante del FSLN.

Estuvo involucrado en la estructuración del instituto de la Costa Atlántica, como ejecutivo eficiente y de confianza tanto para William Ramírez como para Lumberto Campbell, actual magistrado del CSE.

Entre varios proyectos para el despertar del gigante, estaba la atención a deportes como el beisbol, el baloncesto, el boxeo y el atletismo, soportes del crecimiento experimentado en los años 80. Fue Julio Rocha quien manejó exitosamente Aereonica, una compañía diagnosticada como rentable en 1990.

Siempre discutible

Hombre de fuerte temperamento, amigo de la terquedad, obsesivo, capaz de sujetar las amenazas de hacer explosión, hábil para tomar el tiempo requerido frente a los problemas, revestido de arrogancia, pero incansable trabajador como si anduviera persiguiendo los límites del yo, fue siempre discutible a la orilla de sus huellas.

¿Cómo logró crecer tanto en la estructura de la FIFA? Eso provocaba una mezcla de admiración y asombro.

Llegó a ser presidente de la Uncaf, comisario en juegos clasificatorios para Juegos Olímpicos y Copas del Mundo, supervisor en grandes eventos, instructor de la FIFA, fue nombrado director de Desarrollo en la Concacaf con sede en Panamá, le estaba dando forma a un futuro brillante, cuando perdió el control del timón y se metió contra la vía. Le aplicaron tarjeta roja directa. 

Consiguió, por medio de gestiones ante la Federación de España, la casa en que habita la Federación en el vecindario del Hospital Bautista, le dio forma a la Escuela de Talentos sin llegar a sacarle un real provecho, obtuvo siete proyectos “Goal”, se le metió entre ceja y ceja la construcción de un estadio, todavía pendiente de ser terminado, pero local de los grandes duelos internacionales con autorización de la FIFA.

Concentró atención en la Selección Nacional contratando adiestradores de diferentes niveles y abrió espacio para el futbol femenino.

Ese currículum es lo suficientemente convincente para considerarlo útil.

Agredido por una enfermedad terminal, sus últimos días deben haber sido duros, muy duros. Me hubiera gustado tener una última plática con él. Tan larga, que entre las discusiones de siempre, hubiera necesitado de varias tazas de café.