Edgard Tijerino
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Nueva York.- ¡Aquí estoy, en la llamada Capital del Mundo, listo para tomar el metro rumbo al nuevo Yanqui Stadium! La parada es la misma, saliendo en la calle 161, prácticamente la frontera entre el Bronx y Manhattan. Esta tarde, se realizará el primer partido oficial en ese escenario seguramente resplandeciente, y la emoción por conocer la nueva Catedral del Béisbol -como lo es Wembley para el fútbol-, supera el interés que provoca el duelo entre dos zurdos ganadores del Cy Young, como lo son Cliff Lee de los Indios y C. C. Sabathia de los Yanquis, capaces de reducir con su fogosidad, este frío todavía presionante que eriza huesos.

¡Cómo pasa el tiempo impulsado por el soplo del viento! En 1972, invitado por Carlos García, estuve en el viejo Yankee Stadium, el original, “esa casa” que Babe Ruth construyó con su grandeza incomparable.

¡Qué malos eran esos Yanquis que vi en acción contra los Gemelos de Rod Carew, Tony Oliva y César Tovar! Pero el partido no importaba, si no estar ahí, en “esa casa” que fue iluminada con el brillo de Ruth y de Gehrig, de DiMaggio y de Mantle, y que en ese 1972, con Mel Stottlemyre viendo agotarse la sabiduría de su brazo derecho y Bobby Murcer multiplicando esfuerzos por llamar la atención, parecía haber envejecido demasiado desde su nacimiento en 1923, y estar cubierto por las telarañas de la mediocridad, tejidas por un equipo carcomido.

Cuando uno ha crecido como yo, atrapado por el béisbol, entrando a la inauguración del Estadio Nacional en la recta final de 1948 con 5 años de edad, de la mano de mi padre; cuando has atravesado como estudiante toda la etapa de aquella inolvidable Liga Profesional; cuando has seguido out por out las transmisiones de Series Mundiales en las voces de Buck Canel y Felo Ramírez como fanático de los Yanquis, y “te sientes” amigo de Mickey Mantle, de Roger Maris, de Whitey Ford, uno de tus sueños irrealizables, es conocer Yanqui Stadium, consciente de que se trata de sólo un sueño.

Por eso mi emoción fue incontrolable, hinchando mi corazón, inundando mi cabeza, llenándome la vista. Estaba ahí, en el terreno junto a Tony Oliva y Felipe Alou, y no podía creerlo. A los 28 años, mi sueño improbable de muchacho construido entre las limitaciones de la pobreza, estaba realizándose.

Más adelante, conocí y llegué a familiarizarme con el Yankee Stadium que fue restaurado como la Última Cena de Leonardo o el David de Miguel Ángel. En 1976, el novato Denis Martínez, primer big leaguer nica, estaba enfrentando a los Yanquis con este prójimo en las tribunas, cubriendo sus primeros pasos. Recortado en sus tribunas, sin el famoso valle de la muerte y modernizado, el reacondicionado parque parecía la actual Sharon Stone, todavía bella a los 50 años, recién maquillada.

El año pasado, estuve en el Juego de Estrellas. Sabía que no volvería a ver el viejo Estadio, pero que Babe Ruth sobreviviría, porque el nuevo escenario de casi mil quinientos millones de dólares, es parte de su herencia. Sin Ruth, no hubieran existido, ni aquel de tantas historias, ni éste que vamos a conocer.