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En Rivas, los Gigantes y las ilusiones de un pueblo fueron enterrados. Rostros de luto reflejaban la decepción de la afición sureña, esa que fielmente a pesar de estar por debajo 3-1 en la serie, asistió al estadio Yamil Ríos Ugarte con la esperanza de poder ver el inicio de una resurrección milagrosa que nunca llegó.

En la otra acera había júbilo. Los más de 200 chinandeganos que asistieron al estadio, recorriendo en bus casi 230 kilómetros desde su ciudad,  celebraron con su equipo la revalidación de la corona que mantiene en el trono del beisbol profesional a los Tigres. Cuatro minutos después (6:04) de la hora estipulada, arrancó el partido. La lluvia hizo acto de presencia desde las 4:30 p.m., afortunadamente el gran drenaje del pequeño coloso sureño absorbió fácilmente el agua, sin mostrar afectaciones.

Segundos antes del playball, el Himno de Victoria de Danny Berríos suena en el estadio. Hay un mensaje claro para el equipo: sin la ayuda divina es imposible evitar la humillación. El problema es que durante toda la serie, parece que Dios confirmó que su bendición fue para los Tigres. A Chinandega siempre le fue bien. En el cuarto juego expulsaron a Darrel Campbell, ayer el árbitro Jairo Mendoza echó a Juan Carlos Torres, pero eso apenas son detalles, pues el equipo occidental vino desde atrás para darle vuelta al partido con un rally de tres carreras que silenció las tribunas, convirtiendo un 3-3 al irreversible 8-3.

Ramón Flores siempre ha señalado cierta falta de pasión en un sector de la barra de Rivas y vaya que tiene razón. Hay un buen grupo de fanáticos que no son gigantes en las malas. Desaparecen en los desiertos y solamente se montan en el barco cuando se celebran triunfos. Eso sucedió este viernes, el estadio no se llenó, si habían 3 mil personas era demasiado, muchas butacas en el home plate lucían vacías. En las graderías del jardín izquierdo tampoco hubo una multitud y la parte izquierda del estadio se la tomaron los chinandeganos al ritmo de una filarmónica que no paró de sonar durante las 9 entradas.

No hizo falta Tigrín, la mascota felina, inexplicablemente ausente anoche en la coronación chinandegana. Pero en la barra no faltó el tigre de peluche siendo alzado de un lado a otro.

Alegría sureña

No faltó el torbellino de emociones, con cambios de ánimos constantes. En el cierre del primer episodio, el público rivense explotó de alegría, el doble de Elmer Reyes más el hit de Juan Carlos Torres al bosque izquierdo, estableció el 1-0. ¡Sí se puede, sí se puede!, gritaban los fanáticos. Las trompetas sonaban a más de 1,000 watts de potencia y los timbales provocaban que los cuerpos se movieran rítmicamente.

La alegría duró poco. Empató Chinandega en apenas un suspiro (apertura del segundo inning). Aunque los chinandeganos eran pocos, sus gritos ensordecieron a la barra gigante por un instante, pues en el cierre de la misma entrada, Rivas viró el marcador. Los dobles remolcadores de Moncho Flores y Vladimir Frías enloquecieron a la tribuna. El equipo local ganaba 3-1. La fe se acrecentó, más cuando enfrente estaban golpeando a Marcos Frías.

El empate de Chinandega hilvanado con una carrera en el tercero y otra en el sexto, mantuvo en vilo a ambas barras, mordiéndose las uñas. Pero en el sexto, cuando entró José Elías Villegas en relevo del abridor Pedro Viola, algunos rivenses se pusieron las manos en la cabeza, con rostros de preocupación. No había confianza y tenían razón. El infield hit de Marvin Martínez por tercera más el error de Campbell en tiro a primera, apagó los rostros de la llamada marea naranja. El hit de Norlando Valle había enterrado las últimas esperanzas en el sexto. En el estadio solo los chinandeganos se escuchaban con su banda filarmónica.

De héroe a villano

Con el juego 6-3 todo parecía consumado. Campbell, quien ya había cometido un error garrafal en la apertura del sexto, devolvió la esperanza al equipo con su hit empujador de dos en el cierre del séptimo. Otra vez se escuchó el ¡Sí se puede! La emoción fue tan efímera como un suspiro que el mismo Campbell terminó por ponerse el traje de villano. Su error fatal en el batazo de Smith propició las dos carreras que mataron definitivamente las ilusiones rivenses. Darrel por tercera vez falló. Fue el iceberg que hundió a su equipo.

En Chinandega hubo fiesta anoche, la que se extendió hasta la madrugada de hoy con el recibimiento del campeón. Rivas despertó con un sentimiento de decepción. Otra vez el trabuco se quebró. La ciudad se quedó sin título.