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Después de la derrota del Rivas por 8-5 frente a los Tigres en el quinto y último juego de la final 2018 en nuestro beisbol profesional, los hermanos Mauricio y Óscar Marenco, constructores del resurgimiento de ese entusiasmo por el beisbol en la ciudad sureña, vivieron una noche triste, y como Hernán Cortés después de ser sacado de Tenochtitlan, buscaron un árbol al cual arrimarse sintiéndose golpeados por los sonidos del silencio.

Ya todo terminó. Chinandega es el campeón y Rivas ha sido sepultado. Imaginemos una lápida con este epitafio: “No fuimos el equipo épico, ni heroico, ni lo necesariamente eficiente para enderezar el rumbo de la final, y consecuentemente, tampoco capaz de batirnos con esos crecidos Tigres, pero volveremos a ser finalistas, como lo hemos sido cinco temporadas consecutivas ganando dos títulos”, firman, Mauricio y Óscar Marenco, responsables de esta agitación del beisbol en Rivas, no vista desde la época de aquel Frente Sur.

Rivas, caso único

¡Cómo olvidar que Rivas debutó en la Profesional, entrando al galope en la temporada 2013-2014, derrotando al Bóer para coronarse! Desde entonces, el equipo ha estado año tras año en todas las finales contra diferentes rivales, obteniendo dos banderines. De 5-5 siendo finalista y de 5-2 como vencedor en su corta historia, le permite registrar un excelente porcentaje a los sureños. El equipo más exitoso en la historia del beisbol mundial, los Yanquis, ha ganado 27 títulos en 114 años desde 1903, y desde hace 8 años, están en ayuno sin que eso altere su inmenso poder de atracción. Los Gigantes no pudieron hacerle frente a unos tigres inspirados.

El triunfalismo domina el deporte. Lo vemos con equipos como el Real Madrid y el Barcelona que sienten la necesidad de ganarlo todo. Lo vimos con la Selección de Brasil, que después de ganar dos Copas seguidas en 1958 y 1962, naufragó en 1966, y eso provocó según la columna de Manuel Seyde en Excélsior, que tiraran piedras a la casa de Pelé. En el quinto juego, que Rivas estuvo peleando hasta el sexto inning, las tribunas no se llenaron, precisamente en un momento en que el equipo necesitaba un mayor respaldo. Eso no hubiera ocurrido en Chinandega.

Algo indiscutible

La exigencia de la victoria es peligrosa porque hace perder interés en todo lo que ofrece el beisbol como generador inagotable de intrigas, multiplicando emociones. El disfrutar del juego de una final, con el equipo casero batallando por sobrevivir, y la posibilidad tan viable de un duelo de pitcheo Viola-Frías, tiene que interesarle al verdadero aficionado, no al fanático, que prefiere un juego horroroso a cambio de la victoria, sin importarle el fildeo de Yosmani Guerra, el exceso de adrenalina de Norlando Valle, la valentía en la colina de Junior Báez, el crecimiento mostrado por el joven león de la receptoría Leonardo Ortiz, y por supuesto, el esfuerzo multiplicado por su propio equipo.Salvo por el triunfo conseguido en el juego 3, los gigantes fueron reducidos en la serie.

Los Tigres, atropellados por los Gigantes en la batalla extra que decidió cuál de los dos equipos quedaba instalado en palco con el factor de seguridad como finalista, sacaron del camino al Bóer en las semifinales, saltaron encima del desgaste, y como el año pasado, volvieron a imponerse al equipo sureño para atrapar su segundo banderín consecutivo y cuarto en esta nueva etapa del beisbol profesional en el terruño. Su superioridad durante el desarrollo de la final, no admite discusión. Y eso lo sabe todo Rivas. Sin resquemores, sin lanzar maldiciones. El deporte es para recrearse no para amargarse. 

La pasión por el beisbol

Cierto, el fanatismo galvaniza lo emocional y hasta logra descarrilarte. Todos hemos sido fanáticos, pero debemos superar ilusiones rotas y regresar a colocar nuestros pies en tierra. Estoy seguro que un séptimo juego Gigantes-Tigres, hubiera llenado el Estadio de Managua con una multitud en busca de disfrutar de un espectáculo vibrante. En 1972, Managua se desbordó con la serie final Granada-León disputada en dos noches realizándose tres juegos,  y en 1977, la capital fue escenario de aquella batalla crucial que también protagonizaron Granada y León, con “El Tiburón” disparando tres jonrones, ovacionado por mas de 18 mil.

Uno de los cinco juegos de esta serie, fue decidido por un lanzamiento loco, y otros dos por errores graves, pero lo emocional, siempre estuvo activado, y aunque el beisbol no es rentable en este país, hay que tratar que esta Liga no muera. La inventó Enrique Gasteazoro desoyendo consejos de amigos, hasta que tiró la toalla; entró el Comandante Arce al rescate después de involucrarse con el discutido proyecto del Bóer, ganador de cinco coronas; aparecieron los hermanos Marenco, le dieron vida al Rivas y resolvieron el problema creado por equipos que flaqueaban; regresó Gasteazoro con la terquedad del que es contaminado por siempre por el beisbol, y luchando contra factores adversos, la Profesional sigue en pie.

“Aquí yacen los Gigantes”, inevitable epitafio, pero el júbilo de los Tigres y los merecimientos de su coronación están en la acera de enfrente, como un estimulante. Es lo que ocurre siempre. La tristeza de Cortés huyendo hacia Tlacopan, contrastaba con la alegría de los mexicanos, que expulsaron a las tropas del español. Aquí, aún con un nivel discreto, el beisbol vive, nos apasiona y eso no se encuentra oculto, como si lo está el tesoro de Moctezuma.