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Los instantes más resplandecientes de la final ganada por los Tigres del Chinandega en el corto recorrido de cinco juegos, quedan grabados aunque no necesariamente por siempre, en la memoria de los aficionados. Esos momentos, producidos entre zarpazos de los Tigres y gemidos de los vencidos, hicieron que la luna se sintiera tan emocionada, que noche tras noche, se quedó trabajando horas extras repasando las imágenes. Igual que cada uno de nosotros. El impacto de esos instantes, supera la crítica químicamente pura, cuestionando el discreto nivel de nuestro beisbol, y pueden pertenecer a equipos perdedores.

Reyes fue un gato

Ganó Chinandega 2-1 el primer juego pese a ser blanqueados por el pitcheo perfecto de Marcos Frías durante seis entradas, y estar atrás 1-0 al tomar su turno en el inicio del noveno. Golpes consecutivos de Armando Montenegro y José Villegas a Jamar Walton y Curt Smith, le permitieron a los Tigres voltear la pizarra, pero lo más brillante visto esa noche, fueron las tres grandes atrapadas realizadas por el antesalista de los sureños, Elmer Reyes, una en el segundo episodio y dos en el sexto. No, no creímos que era Brooks Robinson apretando con su guante el cuello de los Rojos de Cincinnati en la Serie Mundial de 1970, porque el tercera base de los Orioles siempre ha sido blanco, pero Elmer fue una aproximación en cada una de la milagrosa trilogía de atrapadas, levantando de las butacas a las dos barras. Momentos no decisivos en el resultado, pero sí llamativos.

El derrumbe de Báez

Tigres y Gigantes pensaron en el derecho Manauris Báez como primer refuerzo, y era obvio que los Gigantes, siendo los primeros en seleccionar, lo tomarían como factor de seguridad. Después de perder el primer juego como locales, los Gigantes necesitaban del aporte de Báez en el segundo duelo enfrentándolo a Raúl Ruiz. El as que estuvo invicto en la temporada y superó a Ruiz en un brazo a brazo desde la colina del Bóer durante la semifinal, se derrumbó estrepitosamente y Rivas volvió a caer quedando en una situación muy incómoda. Jonrones de Osman Marval y Jamar Walton en los innings 2 y 5, y un descontrol en el tercero, dejaron a los sureños que perdieron 6-1 hundiéndose en las arenas movedizas de la frustración. Un desinformado preguntaba al salir del estadio ¿quién escogió a Báez?

¡Qué hiciste José David!

El beisbol tan imprevisible como la vida misma, le permitió al Rivas conseguir un empate contra reloj en el fondo del noveno inning durante ese martirizante tercer duelo, y eso proporcionó a Manauris Báez regresar a la trinchera para mostrar su utilidad con un relevo sin carrera de tres entradas y un tercio, y ser el ganador en una batalla que se extendió hasta el inning 13, cuando ocurrió algo trágico. Con sureños en primera y tercera, el corazón de Lenín Picota le gritó: ¡Trae a José David Rugama! ¡Tráelo para sacar el último out! Y frente a Luis Allen, Rugama envió un lanzamiento hacia otro estadio, y con ese wild pitch, Rivas imponiéndose 4-3, se quitó de la orilla de la fosa y levantó su puño amenazante. Eso fue por solo una noche. Hasta el amanecer, Rugama, casi siempre un buen pitcher, salió por la puerta de atrás del parque.

El bombazo de guerra 

La inseguridad caracterizó la cuarta batalla en Chinandega. Los Tigres buscaban con desesperación cómo distanciarse de los Gigantes, y estos, cómo acercarse hasta nivelar la serie, de cualquier manera. En el sexto inning la pizarra estaba 4-4 con la intriga danzando entre los dos dogouts siniestramente, cuando los Tigres se adelantaron 5-4 con el rancho ardiendo. Con dos outs y las bases llenas, Armando Montenegro escuchó un timbrazo en el bullpen, quizás pensando ¡Ojalá sea para mí esta llamada! Efectivamente, Toruño dijo: ¡Montenegro, a las brasas! Y el tirador entró a quemarse. Su pitcheo fue devuelto con una violencia tumbamontañas por Yosmany Guerra por encima de la pared del right-center. Mientras la pelota volaba, en Rivas apagaban radios y televisores. Cuando la pelota cayó, todos en el Sur, batallaban con la pesadilla. Ganaron los Tigres 9-5.

Flaquea defensa sureña 

No hubo forma de sujetar el impulso de los Tigres en el quinto duelo. Era atractivo regresar a Chinandega para coronarse en casa, pero ¿por qué tomar riesgo de mantener con vida a los Gigantes si podías liquidarlos en Rivas? El misterio sobre el desenlace permaneció en palco masticando uñas hasta el inicio del octavo, consecuencia de un acercamiento 6-5 de los Gigantes. No hay nada más alterador de nervios que un cierre agitado, pero no fue eso lo visto, porque las dos carreras conseguidas por los Tigres en un inning de tres errores gigantescamente dañinos, establecieron una diferencia irreversible de 8 por 5, sellando la cuarta conquista del Chinandega en las ligas profesionales. No fue una manera elegante de coronarse, aunque sí justa. Los Tigres fueron mejores en todo. Gasteazoro se sintió en una escalera hacia el cielo.