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Les confieso: al finalizar el combate yo tenía la boca seca, los nervios destrozados, y una extraña sensación me recorría la tráquea. Miré mi camisa pensando que tenía manchas de sangre. No, no las veía, pero me sentí salpicado. En ese momento, me pregunté angustiado en la butaca del ring side en Bayamón, Puerto Rico: ¿Y qué hago con esa sensación macabra? El rostro de Alfredo Escalera, convertido en una masa sanguinolenta, me permitió comprobar que frecuentemente el nocaut técnico es más impresionante que el efectivo.

Esto podía testimoniarlo Escalera, defensor destronado del título Ligero Junior, después de haber surcado ríos subterráneos de agotamiento, escalado cimas de agonía, y haber estado en los rescoldos del infierno, víctima del  golpeo certero y dañino de Alexis Argüello, que utilizando su izquierda como un estilete y peleando con una calma sanguinaria mientras recibía impactos, lo golpeó brutalmente, hasta obligar a la suspensión en el round trece. Escalera y Argüello establecieron una sólida amistad.

Aquella impresión no fue unilateral. Ver el rostro de Alexis obligaba a fruncir el ceño. Pequeños cortes con hilos de sangre, como si estuviera saliendo del palacio siniestro del Conde Drácula. Sus pómulos hinchados, la quijada adolorida, y por supuesto, imposibilitado de rechinar los dientes. ¡Qué pelea!, me dijo René Molina, quién me invitó a hacer un enfoque previo en las páginas de El Nuevo Día. “Solo uno quedará con vida” tituló su columna, en tanto yo decidí con cierta prudencia “Escalera va a sufrir mucho”, después de haber conversado largo rato con Chú García sobre el atrevimiento sin límites que caracterizaba al “Salsero” boricua. “Peor para él”, le agregué al amigo y colega.

El suspenso previo

Recuerdo el día antes. Era casi la medianoche cuando salí a caminar por el paseo “El Condado” en busca de  distracción. Las centellantes marquesinas y la febril actividad que a esas horas se desplegaba en San Juan, convertían la capital de Puerto Rico en una ciudad de singular atractivo. Pensé en esos momentos a solo unas horas de la pelea, que los beligerantes difícilmente podrían conciliar el sueño. Habían pasado por tantas cosas  desde el mes de diciembre de 1976, cuando se habló por primera vez de la reyerta Escalera-Argüello y se había tejido tanto suspenso, que el orgulloso campeón de 10 defensas y el sediento retador habían vivido con la pelea metida en la cabeza. Para ellos no eran horas de calma.Argüello siguió su trabajo implacable. Avanzó siempre con los dientes apretados disparando sus latigazos de zurda y derechazos estremecedores.

Nosotros solo teníamos un temor, y es que Alexis no estuviera lo suficientemente incentivado. No sabíamos cuál era su real estado anímico. Imposible conocer todo aquello que fluye en el cerebro de un boxeador antes de un combate, que le turba los sentidos, que le eriza la piel. Recordamos que Alexis estuvo a punto de no viajar a San Juan, argumentando estar hastiado del boxeo. Mucho trabajo le costó al Dr. Román convencerlo para que depusiera su actitud. Luego a pocas horas de partir, le prometió a la esposa de su apoderado, que ganara o perdiera, sería su última pelea. Esa inestabilidad emocional creaba cierta preocupación. Por momentos, Alexis nos dio la impresión de ser el hombre cansado de gloria y colmado de pleitesía.

Engañosa impresión

Cuando llegó la hora del pesaje crecieron las dudas. Vimos pálido a Argüello, y aparte de eso, esforzarse en extremo para bajar tres cuarto de libra. Consideramos que si no subía al ring en plenitud de facultades, se vería en serios problemas frente a una rival que durante los entrenamientos demostró estar listo para tirar golpes sin parar, entrar retadoramente con la cabeza por delante amparado en su gran fortaleza y trabajar a la alta velocidad. Había dejado Escalera la impresión de ser un fajador exigente pero sin clase.

A la hora del almuerzo, en la habitación 638 del Caribe Hilton, le pregunté qué pensaba del combate: “Va a ser una pelea dura, pero no creo que Escalera pueda vencerme. Estoy preparado para cualquier eventualidad, y sobre el ring me limitaré a esperar las oportunidades que me ofrezca el combate. No voy a desesperarme por buscar el nocaut. Estoy listo para pelear toda la ruta en óptimas condiciones”.

El ritmo fue brutal

Solo hay un vocablo que puede describir toda su magnitud, la brutalidad y la intensidad lo que fue aquella pelea hace 40 años, y es espeluznante. No hay otro más adecuado. Para el quinto round, era Argüello el  que ordenaba que se debía hacer entre las doce cuerdas, apoyado en la pulcritud de su directo de izquierda, un golpe que  parece ser invento de la fantasía. Del sexto en adelante, lo de Escalera fue patético heroísmo. En el séptimo, el rostro de Escalera era un catálogo de cicatrices: presentaba un corte largo y profundo en la ceja derecha, otro en la ceja izquierda recién reparada, tres de menor envergadura alrededor del ojo derecho y el que adornaba el labio superior, cada vez más ancho, cada vez más profundo. A esa altura del combate lo que Escalera necesitaba urgentemente era un trabajo de alta cirugía, pero como original suicida, ni que le hubieran colocado enfrente un espejo, hubiera desistido de seguir en la lucha.

Argüello siguió su trabajo implacable. Avanzó siempre con los dientes apretados disparando sus latigazos de zurda y derechazos estremecedores. Escalera parecía una palmera azotada por un vendaval. ¿Qué hacer y cómo hacerlo, para detener esa máquina infernal de golpes? Escalera solo atinó a seguir debatiéndose con el corazón en los dientes, aun a precio de tener que soportar el flagelo de los impactos que lo sacudían, que lo destrozaban en forma sangrienta, estrujante y dramática. En el asalto doce la lucha fue brutal, porque Escalera así lo quiso ensayando una fiera arremetida, síntesis de hombría y hazaña. La pelea echaba lumbre. 

Cierre huracanado

Casi 18,000 aficionados esperaron de pie y con el credo en los labios, el llamado para el round trece. Vitorearon a un Escalera encendido, empujándolo a que buscara la definición, pero en la esquina de Argüello la orden también había sido tajante: hay que ir con todo. Al igual que Escalera, Argüello fue decididamente al frente, y volaron las balas con el grito ¡Sálvese quien pueda! Un trallazo de izquierda hizo explosión en el labio superior de Escalera. La visión fue espantosa. Una parte de la carnosidad quedó colgando y el surtidor de sangre le daba un aspecto macabro a la escena. El árbitro mercante se detuvo ante aquella masa tumefacta y llamó al médico Capella. No había razón para seguir. Capella ordenó la suspensión y de esas grietas que “adornaban” grotescamente el rostro de Escalera, Alexis Argüello extrajo su segunda corona mundial. Al caer el telón y levantarme de la butaca, pensé que mi camisa tenía manchas de sangre.