Edgard Tijerino
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García Márquez diría: ahí está el viejo estadio, lúcido en tiempos inmemoriales, ahora muerto con esa expresión triste y ese inconfundible olor a ruinas, cobijado por la soledad, como una muestra de nuestra incompetencia.

¡Qué inútiles hemos sido mientras el tiempo pasa! ¿Cuántos estadios se han robado los diferentes grupos de poder que nos han agobiado, uno tras otro, con desfachatez olímpica? La construcción de un nuevo estadio para el béisbol, que sigue siendo el deporte rey de los pinoleros, se ha convertido en una misión tan imposible, como tener un buen gobierno.

Los panameños fabricaron su actual estadio, el “Rod Carew”, con 19 millones hace unos años, nada que ver con los costos desorbitados de estos dos parques que “adornan” Nueva York. Cuando hablamos de lo saqueado por el somocismo en su tenebroso cierre de dictadura, de la incalculable piñata en medio de limitaciones alarmantes, de las “guacas” sin medida de Arnoldo, de los abusos vistos en el inicio de los 90 y en el de 2000, de los Cenis que se están pagando, de los capitales salidos de la nada, de las ventajas de los todopoderosos, resulta insignificante lo que cuesta construir un estadio como el de Panamá, pero ni siquiera hemos tenido la intención.

Cada vez que pasamos frente a las ruinas del estadio que edificó el viejo Somoza, inaugurado en 1948, vemos reflejada nuestra incapacidad, y seguramente pensamos: exactamente eso es lo que somos.

Quienes vimos cómo quedó de reacondicionado nuestro estadio para el Mundial del 72, creemos sólo haberlo soñado, porque como una cruel burla del destino, el devastador terremoto impidió que después del gran evento se pudiera utilizar, siquiera una vez. Un estadio con las graderías brillando en diferentes colores, las nuevas luminarias compradas en Holanda, la súper-pizarra eléctrica, el mensajero, los palcos especiales y de transmisión, los baños, los dogouts, en fin, todo lo imaginable, excepto un techo corredizo, desapareció junto con la mayor parte de la capital frente a nuestro doloroso asombro.

Julio Rocha, batallando con los molinos de viento, está empujando la construcción de un estadio de fútbol en Managua, con pretensiones insospechadas, que ya tiene instalado su grama artificial, mientras poco a poco continúan avances en su estructura, pero en béisbol todavía estamos parqueados en un “bendito” estudio sobre la factibilidad de reparar las ruinas.

Un buen estadio de béisbol sería una gran herencia de este gobierno, como lo fue de parte de Somoza el viejo, en 1948, éste que se encuentra en la lona, tan destruido como Joe Frazier frente a George Foreman en Kingston, Jamaica, 1973.

Daniel podría demostrar que su gobierno, en lugar de ser capaz de no dejar piedra sobre piedra, como lo dijo el Procurador, puede colocar piedra sobre piedra en la construcción de un estadio, sin alardes, sólo lo necesariamente funcional.