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Me parecerá estar viendo una estatua. La del Saltanubes, el Mercurio cubano con alas en sus pies. Javier Sotomayor, una auténtica leyenda del atletismo mundial, más allá del capítulo oscuro vivido en Winnipeg 99, estará un rato entre nosotros. Viene Sotomayor sin esas alas que lo elevaron hasta 2.45 metros en 1993 en Salamanca, y que le habían permitido establecer en 1989, en Budapest, la marca de 2.43 bajo techo. No importa, a sus 51 años no pretendemos hacerlo saltar, solo disfrutar de la conferencia de prensa que ofrecerá, y tenerlo presente en la premiación de mañana.

Rumbo a las nubes

Cada vez que vi elevarse a Javier Sotomayor en busca de las nubes, me parecía que la luna estaba descendiendo hacia él, buscando un punto de convergencia. Aquella noche en Sidney 2000, lo mejor de Sotomayor no estaba con él y vencido por el ruso Sergei Kliugin, tuvo que resignarse a la medalla de plata. No pudo con el listón en 2.35 metros, es decir, 10 centímetros debajo de su marca mundial. Todos en el Estadio Olímpico, apreciamos el gigantesco esfuerzo que hizo para superar los 2.32 metros, y cuando levantó sus brazos frente a las tribunas, fue cubierto por una ovación completa, interminable. Y pensar que en 1991, había ganado el oro Panamericano en Cuba precisamente con 2.35, la cifra de Kliugin. Su gran show, nunca regresó. 

Hasta hoy, Sotomayor ha sido el más grande saltador de altura que el mundo ha visto, y como los récords están ahí para ser derribados, uno se pregunta: ¿Cuánto tiempo más sobrevivirán sus registros de 2.45 al aire libre y 2.43 bajo techo? Recuerdo que me comencé a familiarizar con el salto alto en 1964, año de mi bachillerato. El Rey era Valery Brumel, el ruso que salió del escenario consecuencia de un accidente. Su marca de 2.28 parecía insuperable, y aunque el estadounidense Dick Foshbury, asombrando con su estilo quebrándose hacia atrás en los Olímpicos de México, ganó el oro con 2.24 metros dejó quieto el récord de Brumel. Después la marca se fue moviendo hacia arriba con Dwight Stone como uno de los grandes protagonistas, aunque nunca pudo ganar una medalla de oro olímpica, hasta llegar a la era de Sotomayor.

Una gran progresión

El cubano se caracterizó siempre por su crecimiento espectacular. A los 13 años impresionó elevándose 1.65 metros, y a los 15, en 1982, ya había alcanzado 2 metros, altura nunca obtenida por un nicaraguense en la historia. En 1984 con 16 años rumbo a los 17, fijó la marca mundial juvenil en 2.33 metros, aún vigente, y en 1986, provocó una sacudida con su salto de 2.36 metros, la mejor marca del mundo en la categoría junior. Sotomayor, de 1.96 metros, siempre apacible, nos obligó a preguntarnos: ¿Cuál será su límite? En 1988 se apoderó del récord mundial con 2.43 metros, y con 22 años, en el 89, lo agrandó a 2.44, y finalmente, lo estiró a 2.45 metros en Salamanca, España, el 27 de julio de 1993.

Lo más dramático a su alrededor fue haber dado positivo por consumo de cocaína en los Panamericanos de Winnipeg. Recuerdo el alboroto que se armó en la sala de prensa y la recia protesta de la delegación cubana considerándose víctima de un complot. Sotomayor insistió que todo era falso, pero terminó siendo sancionado en medio de encendidas controversias, aunque pudo competir en Sidney. De alguna manera, eso afectó su hasta entonces, intachable y admirable historial. Diez veces saltando 2.40 metros o más.¿Se imaginan lo que es ese alarde? Al retirarse dejó un reto para las futuras generaciones de saltadores: superar los 2.45 metros. Siempre me pareció que cuando se elevaba en busca de las nubes, la luna daba la impresión de estar descendiendo hacia él. Algo grandioso.