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Nunca es fácil torear a un toro. La frase no es de “Manolete”, ni de “Paquirri”, que siempre estuvieron claros de eso pese a su reconocida destreza con la capa y la espada, pero es algo obvio, por todos los riesgos que esa tarea implica. Pienso que el mexicano Francisco el “Gallo” Estrada, mereció ser el vencedor en la pelea con el roquizo, amenazante y agresivo tailandés, Srisaket Sor Rungvisai, sorprendente victimario del Chocolatito, por haber realizado un plan apropiado y disponer del atrevimiento y la resistencia necesaria, para estar siempre ahí, frente a él, moviéndose y disparando, manejando sus arremetidas sin el menor temor, saliendo de las sogas lo más pronto posible, y sin duda, acumulando más puntos en una pelea sin caídas.

El factor resistencia

Contra un rival que depende su furia y su poder destructivo, el factor clave, por muy superior que puedas ser técnicamente, es la resistencia. Relata Norman Mailer, que para pelear con Sonny Liston, el entonces Cassius Clay, contrató a un tipo rudimentario llamado “Escopeta” Sheldon, capaz de abrir a golpes puertas de camiones en los muelles de Nueva York. El objetivo era someter a prueba su capacidad de absorber castigo. “Es la única vez que he sentido ganas de llorar en el entrenamiento de un boxeador”, dijo Mailer, ya fallecido, un escritor que le gustaba el pugilismo y es autor del formidable libro “El combate”, sobre la batalla Alí-Foreman en Zaire.

El primer mandamiento del Gallo fue confiar en su asimilación, para poder ser lo necesariamente osado, lo que sería esencial. A diferencia de Alí con Foreman, él no pensaba quedarse en las sogas absorbiendo para salir bombardeando, porque eso, más que temerario, podría ser suicida frente a Rungvisai. Estrada con su bien cultivado movimiento de piernas y esa flexibilidad para echar el torso hacia atrás, lograba salirse a tiempo de las brasas, detenerse para frenar al tailandés con combinaciones, advertirle que sobre su potente derecha, tendría encima como respuesta inmediata esa izquierda bien educada y, sobre todo, que no le temía.

Atornillarle la cabeza

Fue tan adecuado el planteo del azteca, que la cabeza de Rungvisai desapareció como amenaza, y aunque el tailandés aplicó raramente un par de zancadillas merecedoras de tarjetas amarillas, se percató que tendría que boxear, no solo empujar con su poderío físico. La ventaja del Gallo era lo predecible, que es Rungvisai en sus embestidas. Si te atropella descontrolándote, quedas en sus manos, expuesto a sus descargas y su ferocidad. Estrada estuvo muy atento a que eso no ocurriera, y cuando el tailandés lo apretaba, él se destrababa y salía. Eso por lo visto, no fue apreciado por jurados poco competentes, quienes seguramente solo tienen ojos para el empuje, no para la destreza, aunque el uso de esta, sujete lo otro.

En una pelea sin cortes y sin caídas, a largos ratos muy pareja, con un buen arranque y un buen cierre por parte del Gallo, vi perder a Rungvisai. A diferencia del extraño Chocolate, que encontró en su anterior combate, ahora se vio forzado a trabajar para intentar prevalecer. Su evidente cansancio, en los últimos asaltos, fue consecuencia de los golpes fallidos, porque sus piernas nunca pisaron el acelerador. Una batalla interesante por el contraste de estilos, y sobre todo porque el Gallo obligó sin titubeos a un recorrido completo, haciendo olvidarse a Rungvisai de la dependencia estricta de su punch, y del uso de su cabeza como un tercer puño. 

¿Habrá revancha?

El tailandés no solo convenció ser un rival difícil de resolver para cualquiera, por muy bravo y ágil que sea. Su poder intimida, y su empuje sin volver a ver hacia atrás así lluevan las balas, puede ser arrollador si no tienes los recursos del Gallo, o el manejo de la distancia que le mostró Cuadras cuando permanecía invicto, o la determinación de Chocolate aún bañado de sangre, confiando en su versatilidad durante aquella pelea de coraje y audacia memorables. Un gran peleador Rungvisai, pero no vencedor frente a Estrada la noche del sábado en Los Ángeles. ¡Qué llamativa sería la revancha! Quizás hasta me entusiasme y vaya a verla. Tengo rato de no hacerlo.