•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

De pronto, nos percatamos que no estábamos preparados para dimensionar correctamente el agigantamiento de Lionel Messi. Tengo la impresión que estamos exagerando. En estos momentos ni con cinco balones de oro más, Cristiano sería retador, Maradona se ve recortado, y hasta Pelé se tambalea en los debates. Es más, el planeta futbol parece estar convencido, de que la grandeza sin medida de Messi, no necesita de una Copa del Mundo, para ser valorada adecuadamente. Quizás la explicación más apropiada la proporciona el propio Diego Maradona, al preguntarse ¿cuándo fue la última vez que lo vimos jugar mal?

De no ser por algunas señales, creeríamos que no es humano. Pero él pierde pelotas, hace entregas equivocadas, desvía disparos, incluyendo tiros libres, se cansa, se molesta, y no puede evitar que su equipo sufra reveses… Frente al Chelsea, Iniesta no estaba lo necesariamente listo para las exigencias y fue reemplazado; Busquets, golpeado, no consiguió la incidencia que lo caracteriza; y Suárez pese a multiplicar esfuerzos y mostrarse como amenaza, no pudo resolver tres posibilidades viables. Sin embargo, estaba Messi, el fabricante de milagros.

Crecimiento acelerado

En la Copa del Mundo de 2006, anotó su primer gol a los pocos minutos de haber ingresado, y en la temporada del 2007, antes de su cumpleaños 20, le marcó un hat-trick al Real Madrid en un clásico todavía humeante que terminó 3-3, con el equipo azulgrana fajándose un buen rato con 10 hombres. A partir de ese momento, su crecimiento no ha tenido pausas. El jovencito que se veía frágil, propenso a las lesiones, se ha convertido en un jugador de sorprendente fortaleza física, resistente al agotamiento, capaz de mantener su pie izquierdo apretando el acelerador, y permanentemente inspirador. 

Ahora es tonto decir que necesita ganar un Mundial. Jugadores del calibre de Cruyff o Di Stéfano, no lo consiguieron. Messi fue capaz de llevar a una final al incoherente equipo de Argentina, es un ganador de cinco balones de oro, dos tripletes, ocho títulos de Liga y cuatro de Champions. A esta etapa que se inició en el 2004, hace 13 años y medio, se le llama “la era Messi”. Su actuación con la selección argentina, ha sido igualmente brillante en su gestión individual, pero carente de resultados consecuencia de la falta del necesario acompañamiento. Sobre eso conoció mucho Pelé en 1966 y Maradona en 1982.

Seguro el mejor del mundo

Ya no se dice que sin Xavi y sin Iniesta, Messi no podría lucir tan grande. Él ha estado junto a Neymar y Luis Suárez sin perder incidencia y liderazgo. En el 2014 hizo avanzar al equipo argentino a los octavos de final siendo la figura cumbre en los tres primeros juegos, igual que en el 2010, y empujó al equipo a la disputa del banderín, perdiendo 0-1 con Alemania. Ahora se le señala con certeza como el mejor jugador del mundo, el rey del desequilibrio, con gran precisión en los tiros libres, siempre incierto en los penales, y un pasador con sentido tridimensional.

Pese a todo eso, pienso que se exagera con Messi. Agradamos todo lo que hace, hasta espantar una mosca. Sí es el mejor jugador del mundo, si admite comparaciones con Pelé en la batalla por el mejor de la historia, si es capaz de establecer la diferencia contra cualquier rival, y eso obliga a terminar con todos los elogios imaginables, considerándolo un hacedor de milagros. A veces, llegamos a creer eso y necesitamos sacudir nuestras cabezas para valorarlo correctamente, sin incursionar en el terreno de lo fantasioso, una tentación irresistible.