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Cuando Alberto Vásquez comienza a desmenuzar el juego, pierde la noción del tiempo. No ahorra detalles ni explicaciones didácticas. Corrige, interrumpe, pregunta. Prueba si el interlocutor está atento. Va y viene en el tiempo con los ejemplos. Memoriza, discute. Avasalla desde su adicción futbolística.

Esa prepotencia de trabajo desde hace dos semanas está presente en las ruinas del Walter Ferrreti. Un hombre que vive de la adrenalina, de los riesgos. Muchos huirían de un escenario así; en cambio, él lo persigue. “Siempre me han gustados los riesgos, los asumo y los enfrento”, confesó alguna vez en otras ocasiones al frente de su amado Ferreti.

Nunca pide que lo entiendan, simplemente eligió vivir así. Un hombre con un encendido desprecio por la indiferencia, con una relación visceral con el fútbol. Un tipo ardoroso que apuesta en cada paso.

Hay un proyecto final, siempre que “la mosca” inaugura un desafío: ganar y ser el mejor a través de sus jugadores. Ya se sabe qué les exigirá: el esfuerzo auténtico antes que la sobreactuación del sacrificio, la transpiración creativa antes que la inspiración momentánea. Se va a desvivir porque sus futbolistas compartan este credo.

Los va a tratar de seducir por todos los medios. Un ademán poco solidario o una actitud nada profesional en un momento crítico, para Vásquez son casi imperdonables. Corrección: para él es imperdonable. Le pueden preguntar a Mario Gastón.

El primer contacto con el rojiengro entregó a Alberto buenas sensaciones. Se sintió cómodo en el club. Y olfateó espíritu de revancha, apetito de reivindicación. Un combustible indispensable para acompañar su liderazgo que exige decisiones veloces y valientes. Los futbolistas de Walter Ferreti se encuentran frente a una gran oportunidad para aprender y aprovechar.

Están desacreditados con sus seguidores, pero no ante Vásquez, que los tratará sin atender la periferia. Orden es una de las palabras favoritas, casi fetiche. En los entrenamientos previos al domingo crucial la ha pronunciado decenas de veces.

Intencionalmente, claro. Es que el juego necesita orden, inexorablemente, pero también la vida interna.

La “mosca” buscará construir un conjunto sólido, pero sin resignar atrevimiento ni trazos ofensivos. Como siempre, en su círculo, ya dibujó mil esquemas, ya planificó cada entrenamiento. Entiende la dificultad y desborda convicción para superarla. Es un técnico que busca que se vuelva epopeya sobre una cancha; arrojo hasta la inmolación y astucia para entender qué reclama el partido.

Como si la voracidad de un entrenador sediento y la grandeza de un club que extravió la gloria hubiesen pactado un encuentro.