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Tomen un momento. Cualquier momento de la pelea que entre las llamas y moviéndose sobre las brasas, protagonizaron el nicaragüense y ahora Campeón CMB en el casillero de las 112 libras, Cristofer González, y el destructivo japonés Daigo Higa, acostumbrado a no dejar piedra sobre piedra, invicto noqueando a sus 15 oponentes, y van a verlos transitando en un tour infernal, casi sin pausas, en busca de imponerse. Pelea sin tregua, solo posible cuando se coloca sobre el tapete un excedente de agallas para impulsar la determinación sin límites, con el agregado necesario de los recursos requeridos para intentar prevalecer. Desde que sonó la campana, Cristofer se sintió una fotocopia de Aquiles, cuidando no su talón, sino su mandíbula, de los golpes continuos y consistentes que disparaba el japonés, tratando de colocar detrás de su intensidad, la frustración de haber perdido el cinturón en la báscula. Tan importante como la corona, era su orgullo, y su invicto. Todo eso le arrebató el púgil pinolero atravesando su n
oche grandiosa.

Hombre en su misión

Seguramente, nunca pensó Higa que Cristofer lo mantendría dentro del laberinto, hasta que lo comprobó con el transcurso de cada asalto. ¿De dónde diablos había salido este peleador tan atrevido, insistente, contundente y preciso, capaz de combinar golpes rectos y también ganchos, con repeticiones agobiantes, yendo siempre hacia delante? Higa buscaba espacios y el pinolero se los recortaba; se volcaba el japonés solo para encontrarse con ripostas apropiadas; en el cruce de miradas, salía herido; quitarle la iniciativa a Cristofer era tan improbable como doblar con las manos un oleaje impetuoso; ensayar ofensivas abiertas como golpeador que es, era para Higa, un riesgo mayúsculo pero lo tomó. El nicaragüense en tanto, era un hombre en su tarea. Ni se percató de un pequeño corte, ni del resoplar de sus pulmones. Una corona se consigue con uñas y dientes, y sobre todo, con corazón, pero disponiendo de buenas ejecuciones. Eso es lo que más impresionó de Cristofer, que con ventajas en estatura y alcance, fue lo suf
icientemente buen boxeador para ese cierre huracanado y no dejar dudas. 

Impresionante agresión

En el noveno asalto, Higa sabía que no podría escapar al “Minotauro”. Hubiese querido disfrutar de un instante de soledad, pero no fue posible. La agresividad de Cristofer, no tuvo pausas, y no a la brava, sino consciente de lo que hacía, firme, mostrando una confianza exuberante, luciendo como se le exige a todo retador, sin importarle que llovieran las balas, siempre y cuando no se debilitaran su asimilación y la capacidad de responder. Eso era admirable, quizás hasta para él mismo, como dijo Simone Biles en Río acariciando sus oros: “Ni yo misma me lo creía”… ¡Qué hermosa la ofensiva desplegada por Cristofer en ese noveno round! La izquierda en recto seguida de la derecha abre guardia, y de inmediato, empujándolo contra las sogas, soltó cuatro ganchos zurdos entrando como martillazos, estremecedores. El nicaragüense tenía la distancia y la claridad para no quitar el pie del acelerador, pero fue prudente y prefirió sostener la presión con seguridad. Volvió a la carga con esos ganchos y el japonés solo pudo refugiarse en su aturdimiento. El “no más” del réferi no llegó en un momento escandaloso, pero sí, cuando ya los brazos y piernas de Higa pesaban una tonelada.