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Frente al pelotón de fusilamiento, el arquero tico Keylor Navas se agigantó tanto, que ofreciendo un alarde de elasticidad, reflejos y anticipación, desvió con su chaqueta abierta, mostrando su corazón, todas las balas ante el asombro del planeta. Solo con ese aporte pudo el Real Madrid, espantar junto con la multitud desesperada masticando uñas en las tribunas del Bernabéu, el pánico que lo aguijoneaba desde antes de los últimos diez minutos y durante los cinco de alargue, defendiendo entre las brasas, ese empate 2-2 que finalmente le garantizó el boleto a una tercera final consecutiva de Champions, en busca de su  trofeo número 13.

El juego podría ser recordado por siempre debido a la excesiva carga de suspenso, la intensidad agobiante, la frenética multiplicación de oportunidades, el impresionante desgaste físico, las fallas escalofriantes de Ramos y Ulreich, y las atajadas magistrales de Keylor, sin someter a discusión la mano de Marcelo en el área… Cuando sonó el silbato final, el mundo se quedó quieto, intentando asimilar todo lo visto y vivido con enorme cuota de sufrimiento. Esos últimos minutos, jugados entre el caos y la locura, son indescriptibles. Algo así como el mejor de los tiempos y también el peor, como dice Dickens en su “Historia de dos Ciudades”. Ni más, ni menos. 

Keylor Navas fue la clave del triunfo con sus atajadas monumentales. AFP/END

Respuesta a lo inesperado

El golpe en frío, es lo más sorprendente e incidente en un duelo de este tipo, entre un equipo que jugando en casa defiende un gol de ventaja por el 2-1 logrado en Múnich, y como valor agregado, guarda en su cofre de tesoros, dos goles en casa ajena. No es suficiente, pero tiene un gran significado. Es el Bayern el equipo que entra a la cancha con la soga al cuello. De pronto, apenas en el minuto 3, Ramos se ve atrapado en una confusión de movimientos en el área chica, el balón, al garete, queda a disposición de Kimmich, el atrevido defensa, quien clava la estocada a quemarropa. El Bayern toma la delantera 1-0. El Campeón se tambaleaba, pero esto apenas se iniciaba.  

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Entre la agitación de cada lado, en un ir y venir constante, con el peligro cuchillo en mano, en el minuto 11, ese centro de Marcelo desde el rincón izquierdo, un hermoso arco iris hacia la cabeza del destapado Benzema, quien por la derecha, con un golpe seco y certero, junto al segundo poste, deja paralizado a Ulreich, estableciendo el 1-1. La multitud estalla. Ha resucitado temprano y el planeta tiembla. Ahora Keynckes piensa en la urgencia del 2-1, y la orden napoleónica es “a la carga con todo y con todos”, porque otro gol asegura el tiempo extra. Pero ¿quién dijo que el Madrid no lo buscaría con la misma insistencia, teniendo a Cristiano y Benzema entrando al área, con las llegadas de Asensio y Marcelo? El Bayern tomó los riesgos. No tenía otra alternativa. Los hombres del medio, James y Toliso garantizaron recuperaciones y proyecciones, Ribery permitía aseguramiento de pelota, aunque Müller y Lewandowski naufragaban precipitándose. Pero las oportunidades estaban ahí, asustando a Keylor, como en tour por el Museo de los Horrores.

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¡Qué hiciste Ulreich!

En el arranque del segundo tiempo, dejando atrás la mano de Marcelo en el área, precisamente cuando todos estábamos pendientes de las variantes que podrían mostrarse, ocurre algo insólito. Un error. La caída de un candelabro en el Palacio de Versalles. Un balón sencillo, se le escapa al arquero Ulreich y queda a disposición de Benzema frente a la cabaña sin protección. El francés mira el filete inesperadamente servido, y lo devora empujándolo suavemente con el botín derecho. Pudo haberlo hecho con un soplido. Atrás 1-2 en el juego y 2-4 en lo global, ahora la misión del Bayern era marcar dos goles y no permitir otro. Imponiéndose 3-2 eliminaba al Madrid por mayor cantidad de goles como visitante.

Benzema marcó los dos goles del Real Madrid. AFP/END

Ese gol hizo que la multitud se sintiera en Kiev, buscando la Champions número 13. Restaurado del impacto, el Bayern, vuelve a volcarse con mayor posesión, más avances, más posibilidades y más disparos. Hasta que en el minuto 63, el gol de James, un cruzado bien realizado después de un rechazo, imposible hasta para Keylor. El 2-2 vuelve a colocar al Madrid a la orilla del abismo, el Bernabéu suda. Un gol más del equipo germano, y adiós a Kiev.

En el minuto 80, el Bayern pisa más a fondo el acelerador y el pánico crece entre las legiones de seguidores del Madrid, pero estaba Keylor, tan inmenso como se ve LeBron James. En el epicentro del show, el tico, volando, aterrizando, manoteando, desviando, interrumpiendo las gestiones, hacía de todo. Esa efectividad continuó en los cinco minutos de extensión, hasta que finalmente, no por falta de sangre ni de alma, murió el equipo alemán, por culpa de un grandioso Navas.