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Los milagros ocurren, pero difícilmente se repiten. Frente al Barcelona, necesitando voltear un 4-1 adverso considerado irreversible, el equipo Roma abrió milagrosamente el mar de las dificultades y multiplicando su bravura y recursos, obviando a Messi, eliminó al equipo de Valverde dejando estupefacto al mundo del futbol.

Intentó volver a hacer eso ayer frente al Liverpool inglés, que le había clavado 5-2 en Anfield, y su esfuerzo fue hermoso e impresionante, como el de Espartaco en su rebelión, pero con medio segundo pendiente, cobrando un penal de última hora, se quedó a la orilla del otro milagro, ganando por 4-2.

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¡Ah, si en el minuto 62, algún árbitro hubiera visto la mano de Arnold desviando una pelota golpeada por El Shaarawy que iba rumbo a las redes! Ese penal, más claro que el de Marcelo en el Bernabéu, tenía un significado mayúsculo. Hoy, con el Roma decapitado y el Liverpool en la final retando al Real Madrid, solo es algo anecdótico. 

¿Qué es lo que vimos?

Apareció en pantalla el Liverpool mostrando la esencia de su agresividad, pero muy agrietado atrás, un hándicap que el Real Madrid, también con una zaga insegura aunque no tanto, puede aprovechar en mayor medida.

El primer gol del juego, marcado por Mané aprovechando una ingenua e imperdonable entrega de Nainggolan que interceptó Firmino, enviando el balón de inmediato al senegalés con trazado perfecto, agujereando al arquero Allison, hundió al público en las butacas.

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En el minuto 8, el Liverpool adelante 1-0, ampliando 6-2 el global.

¡Wow! El empate 1-1 en el minuto 14 por un autogol insólito, despeje potente de Lovren que rebota en la cabeza de su compañero Milner y regresa como un proyectil sin chance para Karius, inyecta un poco de ánimo, pero las frágiles esperanzas de la multitud en Roma, reciben otra puñalada con el gol de Wijnaldum en el minuto 25, volviendo a colocar las riendas en manos del Liverpool 2-1.

Sobre el cobro de un saque de esquina, dos flojos bombeados en el área del Roma, uno de despeje y otro de retorno, una salida tardía de Allison y el certero cabezazo del mediocampista holandés.

Un tardío resurgir

La posibilidad de ser testigos de un final de juego con dramatismo, pareció ser descartada con 45 minutos pendientes. El Roma necesitaba cuatro goles, una tarea tan improbable como mover de sitio el Coliseo a empujones, pero, el equipo italiano, sorprendentemente, se acercó a eso.

En el minuto 51, El Shaarawy remata entrando por la izquierda y Allison en reacción felina, rechaza, pero la pelota va a hacia Dzeko, quien con estocada de derecha, equilibra la pizarra 2-2.

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El latigazo de Nainggolan desde la frontal en el minuto 85, colocando al Roma en ventaja 3-2, reactiva las velas de la esperanza, pero el reloj, implacable, no se detiene y continúa su marcha durante los tres minutos de reposición con la desesperación, a veces tan traicionera, espoleando al equipo italiano y manteniendo de pie a la multitud.

Par de posibilidades se esfuman, y faltando 30 segundos, una mano de Klavan no necesitada del VAR, facilita el disparo desde el punto de penal que ejecuta Nainggolan para el 4-2, cuando solo quedaba tiempo para un suspiro.

El silbato del árbitro, terminó con la angustia del Liverpool, mientras “el cadáver” del Roma quedaba en pie, aunque desnudo, como la escultura El David, de Miguel Ángel.