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Comprobado está: no hay antídoto para frenar al Real Madrid en la Champions. No importa quién sea el rival en una final. Ese equipo tan compacto, funcional y destructivo, terminará venciéndolo.

El corazón de un campeón no se puede medir, pero se siente, y los latidos que produce el corazón del Real Madrid son estremecedores cuando se trata de disputar un título de Champions. Su grandeza como equipo cubre toda la cancha, se extiende a las tribunas, ahoga al adversario y se eleva hacia el infinito.

Al caer el telón con esa victoria por 3-1, sellando la proeza de tres “orejonas” consecutivas y trece en total, seis más que las siete del Milán, todos nos sentimos abrazando un momento mágico. La sensación es única. Zidane sabe que un rey nunca está a salvo y tiene que cuidar cada instante sin parpadear. Movió bien sus piezas con esa destreza de ajedrecista que le hace falta a tantos gobernantes, sobre todo en América Latina,  y supo defender su pretensión de continuar reinando.

Agitado arranque

El Liverpool retó al Madrid, puñal en mano a pecho descubierto, confiando en la intensidad que aplican Salah, Mané y Firmino. Prevaleció presionando, con transiciones rápidas y fabricando opciones el equipo inglés, hasta el momento trágico de la salida de Salah, lesionado en un nudo de brazos incluido estrepitoso derribamiento con Sergio Ramos.

Perder a tu hombre más peligroso, incidente y goleador con 61 minutos por jugar, te quitaba velocidad, facilidad de combinación y profundidad. Sin embargo, considero –aunque discutir eso es intrigante- que aún con Salah, la inmensidad del Madrid, le habría dado forma al triunfo histórico.

Tan fue más equipo el Madrid, que no necesitó la acostumbrada incidencia de Cristiano Ronaldo, bien custodiado por Henderson y cubierto por los relevos, quien malogró un par de posibilidades de marcar y, pese a sentirse golpeado, tampoco lloró el equipo blanco por la salida de Carvajal, una pieza de tanta utilidad. 

Excelente armamento

Zidane se siente Aníbal, armado hasta los dientes. Respondió Benzema con una dinámica excepcional moviéndose en el área con seguridad, presionando al arquero Karius aprovechando el insólito error que provocó el primer gol; mostró su puño en alto Modric, incansable recuperando y proyectándose, confirmando ser un gladiador con determinación y clase; Isco sin sobredimensionarse fue frustrado por una excelente atajada de Karius y estrelló una pelota en el horizontal con derechazo seco; Casemiro, un verdadero tranque en el que rebotan intentos constantes de un enemigo insistente como lo fue el Liverpool obviando la desventaja clara en posesión de balón; Kross, el arquitecto, que juega con un compás, un tiralíneas y una regla de cálculo, como agregados a su frialdad; Ramos, quien se maneja entre gruñidos, sacando chispas, imponiendo el orden con el peso de su contundencia; Keylor volvió a realizar atajadas en momentos cumbres y desde el banco, llegó Gareth Bale para sepultar al Liverpool.

Karius aturdido

¿Cómo fue posible que con la pelota en mano, Karius, tontamente, la hiciera rebotar en el botín zurdo de Benzema, quien levantó su pierna? El balón entró en cámara lenta ante el asombro del planeta, adelantando al Madrid 1-0. Un error imperdonable y de significativo peso en el minuto 51. Casi de inmediato, a los 55, el gol de Mané, recibiendo de Lovren por un cabezazo hacia la derecha golpeando un córner colocado por Milner.

El 1-1, provocó una marea roja en las tribunas. Entró Gareth Bale por Isco en el minuto 61 y, sin estar lo suficientemente caliente, se elevó con tendido horizontal de espaldas a la cabaña roja, tijereteando magistralmente y con poder un centro que, desde la izquierda, Marcelo dibujó con su pierna derecha. Bale golpeó el balón con su botín zurdo, tan bien educado y contundente, y Karius, sorprendido por la belleza y precisión de la ejecución, quedó paralizado. El 2-1 en el minuto 64, obligaba al Liverpool a pisar el acelerador sin importar los riesgos en busca de un nuevo empate.

Bale insiste y mata

Durante la lucha contrarreloj, un remate rasante de Mané fue devuelto por el poste izquierdo en el minuto 70, y en el 73, el ansioso Cristiano, con la pelota dominada y todo el arco de Karius a su disposición, fue obstruido por Henderson, viendo esfumarse una oportunidad dorada. Insistió el Madrid con Bale entregándole a Benzema una pelota por aire desde la derecha con olor a gol, pero el remate del francés sacó astillas al poste.

En el 81, entre el apuro del Liverpool, Bale recibe un balón de ese proveedor permanente que es Marcelo, avanza un largo paso hacia su izquierda fuera del área y aprieta el gatillo. Imprudentemente, a Karius se le ocurre atrapar la pelota en lugar de desviarla. La potencia del disparo dobla su manos, y la pelota va hacia las redes, estableciendo el 3-1. 

Todavía hubo tiempo para que Asensio entrara por Benzema y poder decir que estuvo ahí. La caída del telón fue ruidosa. En la cima de la montaña, sentado en la butaca de la majestuosidad, el Real Madrid veía quizás con arrogancia, la redondez del planeta futbol en el que reina.

Conquistó su 13 Champions juntando el vuelo del ángel, el aullido de la bestia y el fuego de su furia. Que Cristiano hiciera dudar sobre su futuro en el equipo, no fue tomado en serio. El portugués, del tamaño de Di Stéfano, seguramente va a continuar. No va a encontrar un mejor sitio, y no será su propio tranque.