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Sigo impactado por la impresionante marcha que vimos el 30 de mayo. Decía mucho. Era la marcha en homenaje a las madres que perdieron sus hijos en la búsqueda desesperada de un país mejor, un viejo y deshilachado sueño, una esperanza carcomida. ¿Se puede agredir a balazos una sed infinita de ilusiones? No, de ninguna manera.

No hay salvajismo que acabe con eso. Podemos repasar historias de historias, todas con el mismo final, unas más largas que otras. Frente a todo lo que estamos viendo es natural preguntarnos ¿importa el país? claro que importa, a los que protestan con reclamos patrióticos exponiendo sus vidas, pero no importa a quienes reprimen en forma indiscriminada como ocurrió el miércoles. A esos, presente y futuro del país, no les importa.

Es triste escuchar hablar de paz, mientras se agrede una marcha pacífica que estaba terminando sin el menor contratiempo. ¿Cómo es que se predica la paz blandiendo una espada? Hay una inmensa subestimación a nuestra capacidad de entendimiento, lo que no funciona desde hace largo rato.

Se trata de negar lo que se grafica claramente en pantalla. Misión imposible, como lo demostró el informe de la CIDH. Lo que no se puede tapar, de ninguna manera, es el nivel de rechazo a un sistema que agobia y hace daños incontables como los del Lobo de Gubia, un rechazo que crece cada día por no saber manejar las dificultades, una exigencia prioritaria en el manual de un gobernante… Si hay hijos que protestan contra nuestros métodos como padres, se imaginan un país condenado al sometimiento. 

Hay imágenes que el paso del tiempo no logra borrar. Imágenes que permanecen por siempre. Huellas imperecederas de los abusos de poder, como las de esas madres mirando al cielo esperando el milagro de la resurrección de sus hijos, verdaderos hijos de Sandino, perseguidores de ideales, que ni siquiera exigen un palmo de tierra para sus sepulturas. La mayoría de ellos eran estudiantes, no delincuentes, soñando con un futuro mejor.

Y entre esas imágenes que quedan, está la de Lester Alemán, haciendo un reclamo que juntaba todos los vigores dispersos, el rostro más visible de esa reserva moral de la que habla monseñor Silvio Báez, alguien a quien sí le importa el país… Severamente golpeado, sin saber hacia dónde va, el pobre país se retuerce mientras atraviesa un desastre que desgraciadamente no parece tener fin.