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Supongo que Daniel Ortega, igual que ustedes y yo, estremecido por el oleaje de preocupaciones que provoca la situación actual del país, no ha logrado dormir con tranquilidad. Sencillamente es imposible hacerlo. Cuesta imaginar que el presidente de un país tan severamente convulsionado, pueda hacerlo. El bombardeo insistente a esa tranquilidad, está siendo demoledor, revestido de dramatismo, manchado de sangre. Desde hace largo rato, urge actuar y no se ha hecho.

Es su responsabilidad 

Lo intrigante es que 44 días después del estallido insurreccional de esta chavalada universitaria, cargada de una temeridad patriótica, que viejos como yo, tan escépticos respecto al presente y futuro, pensábamos nunca más veríamos y sentiríamos, es que el presidente no haya enviado una leve señal de lucidez intentando resolver el problema,  sabiendo que la pelota está en su cancha. Esa es una responsabilidad que le corresponde por encima de la que puedan tener seis millones de nicaragüenses. Así está escrito le diría Diógenes, el filósofo.

En este tiempo, mientras ustedes y yo nos sumergimos en especulaciones inútiles, con una serie de ideas a ser sometidas a discusión, Daniel, sin necesidad de ser visto como el día que llegó al diálogo, es imaginado aturdido, mientras observa la vigorosa reacción de un pueblo. Se entiende el aturdimiento inicial, pero que 44 días después, no haya tenido la mínima iniciativa para frenar lo trágico, es imperdonable. Entonces ¿Qué hay de su aprendizaje del arte de gobernar por tantos y tantos años?

Un país desesperado

Daniel está mirando diariamente, de día y de noche, un país desesperado, pendiente de señales claras, como es detener las agresiones, aplicar la justicia a los culpables  y dar los primeros pasos hacia una auténtica democratización. No sería –sin necesidad de molestar a los asesores- una señal de debilidad sino una necesaria muestra de sensatez. Es lo que se espera de un presidente que verdaderamente aprecia a su país, viendo a la gente como ciudadanos con derechos no como súbditos condenados al sometimiento; un presidente que debe velar por el bien de todos los sectores, que son los que mueven un país hacia delante.

La terquedad es mala consejera, sobre todo en situaciones tan delicadas como la que atravesamos, en que el número de muertos, heridos y desaparecidos, crece día a día con una frecuencia escalofriante. Daniel obviamente está aturdido. Nunca esperó esto, ni que creciera tanto, pero la exigencia de ser patrióticamente razonable, está ahí, no guiñándole un ojo, sino aguijoneándolo. De eso depende que todos recuperemos la capacidad de poder volver a dormir. Incluido él, por supuesto.