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Sin necesidad de revisar encuestas, es obvio que nuestro pueblo deposita su mayor confianza en la Iglesia. Naturalmente, en esa confianza, descansa su incidencia. La escogencia de la Conferencia Episcopal como mediadora de un diálogo que todavía no produce resultados, fue de aceptación total, por los del arriba y los de abajo, por los que tienen y los palmados, por los oprimidos y –pienso quizás ingenuamente- los que oprimen. Un tour a través de la historia nos demuestra que la Iglesia siempre juega, en todas las épocas.

El fallecimiento del Cardenal Miguel Obando y los recuerdos que eso provoca al repasar su trayectoria, inmensa como beligerante contra lo dictatorial en cualquier sistema, ya fuera de derecha o de izquierda, certifican su importancia y trascendencia. Eso quedó demostrado, primero en el somocismo llegando a ser considerado “el opositor” más temido, llamado “Comandante Miguel”, y después con una revolución de inicio endurecido, más adelante raramente flexibilizada sin importar el debilitamiento de lo ideológico, el agrietamiento de principios y la pérdida de vista de los propósitos, hasta que súbitamente, apareció en escena convertido en tolerante, dejando al país rascando cabezas. ¿Qué es lo ocurrió para hacer posible eso? “Todavía es un misterio”, dice Humberto Belli en la extensa nota de Stephen Kinzer en The New York Times, que puede ser leída en Internet.

Fue el Cardenal Obando el más grande tranque para el Somozato, y lo estaba siendo para la Revolución, llegando al punto de inclinar la balanza de una elección con su “Parábola de la víbora”. Hasta el 2004, su actitud había sido muy firme, en el púlpito y en tierra, con o sin sotana. Siempre proyectó la imagen de un coloso político. Es difícil para mí, hacer borrosa esa imagen por tanta tiempo mostrada. Era un combatiente cívico en busca de la democracia. Transmitía confianza. De pronto, se produce el cambio de actitud y el desborde de especulaciones. A partir de ese momento, no se le volvió a ver satisfecho en ninguna foto, ni cuando era homenajeado. Me hubiera gustado preguntarle “¿Por qué parecía estar molesto con él mismo?”, pero nunca tuve la oportunidad.

Hoy, en un momento de tanta turbulencia, la gente de la Iglesia vuelve a ser el gran factor en lo referente a confianza e incidencia. Las actitudes valientes y patrióticas de Monseñor Báez; las palabras del cardenal Brenes en la Peregrinación y su advertencia sobre el comportamiento y las exigencias de los hombres del clero en el diálogo; el coraje y claridad de monseñor Álvarez; la forma como se ha fajado el padre Idiáquez en la UCA; el testimonio del padre Román frente al instinto criminal; la firmeza de monseñor Solórzano; la facilidad de monseñor Mata para ir directo al grano evitando confusiones, y el aporte de otros, es una suma de comportamientos que confirman, la importancia de la Iglesia, sobre todo cuando juega pelota dura. Ellos, no van a flaquear.