•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

*El título es de un libro de Carlos Monsiváis

Estoy de regreso en Doble Play. La impresión provocada por la agresión sufrida en el tramo final de la marcha del 30 de mayo, cuando vi tanta determinación por estar ahí y hacerse sentir, y más tarde tantos riesgos y espantos unidos, confundidos y desesperados en busca de un lugar seguro frente a la barbarie, me golpeó profundamente. Decidí no hacer programa porque me conozco, y sabía que me descarrilaría emocionalmente. 

Egoísmo político. Al llegar a mi casa, me sentí realmente envejecido más allá de los 75 años que voy a cumplir. Además, terriblemente frustrado, dramáticamente inutilizado. Preguntándome ¿para qué puedo ser bueno en este caos cada vez más escalofriante? Para nada. El egoísmo político, el apego desesperado al poder, carece de escrúpulos porque no tiene corazón, mucho menos amor a un país, interés por su futuro. Llegar al punto en que no importa ver perder la vida de tantos jóvenes estudiantes, no soñando sino peleando por un país mejor, y esgrimiendo tantas mentiras, es repulsivo.

La Iglesia juega

Nunca creí, a como ustedes escuchas de Doble Play les consta, en la dimensión del crecimiento económico, en la seguridad ciudadana, en las bendiciones de la paz del sometimiento, en el respeto por los otros, y en lo que decían las encuestas. Lo he estado diciendo desde mucho antes de ser sorprendido por esa súbita inyección de adrenalina que la juventud universitaria nos aplicó. Todo eso, solo cobijaba a una minoría, no a la mayoría que escuchó el sonido del despertador el 18 de abril.

Pobre país. Hace rato que dejé mi juventud deshilachada cargada de ilusiones rotas. No estoy en 1977 soñando con la tentación del amanecer que transformaría a este país desventurado por siempre. El tiempo ha pasado. Estoy molesto conmigo mismo porque nunca he aportado algo verdaderamente importante por este país. Vivo bien, producto de mi trabajo sin pausas durante 60 años, y me da pena eso, pese a la legitimidad de cada uno de mis esfuerzos y poder explicar hasta la procedencia del más pequeño tornillo conseguido, viendo las dificultades por las que atraviesan tantos y tantos desfavorecidos por la falta de oportunidades. 

Así que no puedo ser indiferente a los problemas que aguijonean un país en el cual siempre he vivido. Vengo de bien abajo, nací y crecí en la pobreza, pero tuve esas oportunidades, las aproveché y salí del hoyo, jurándome tratar de nunca más volver, lo que he logrado… Pese a que en lo personal las dictaduras no han impedido mi progreso ni mi mejoría, me molestan, porque estoy consciente como en los años 70, que no se trata de cómo vive uno, sino de lo que ocurre con un país. No soy político, luego no soy egoísta. Ese es mi único mérito. He estado, estoy y seguiré estando, del lado de esta chavalada tan llena de vida y de ilusiones que nos ha despertado. A ustedes les consta.