•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

El caos continúa ahí, danzando siniestramente frente a nuestras narices. Tanto sufrir y tanto padecer, y no se registran avances. Todos tenemos callos en nuestros corazones, como diría José Hernández en un agregado de su Martín Fierro, pero seguimos siendo inútiles en la persecución de soluciones. ¡Pobre país mal gobernado!

Tenemos largo rato de sentirnos viajando dramáticamente hacia la nada en una espiral infernal que parece estirarse hasta el infinito. No se ve una urgencia de buscar respuestas precisas para frenar el caos en que el país está atrapado, y cuando entre la desesperación aparece una posibilidad de acercamiento a una solución, el interés es general, porque todos estamos incluidos, los unos y los otros. Tan es así, que nos empinamos juntos sobre nuestras propias esperanzas. Sin embargo, no se ha progresado un centímetro mientras el diálogo lamentablemente se ha debilitado. 

¿Qué es lo que se dijo? Del encuentro entre la Conferencia Episcopal funcionando como mediadora, y una de las partes en conflicto, el sector gubernamental encabezado por el presidente Ortega, se esperaba algún mensaje alentador.  Eso no ocurrió, y la posterior presencia sombría de los sacerdotes, no en una conferencia de prensa, sino en la entrega de un breve informe necesitado de traducción por no decir nada, abrió espacio para el tránsito de especulaciones, que son inevitables cuando no se cuenta con la transparencia que ofrecen las cámaras, facilitando la observación de todos.

¿Qué es lo que pasó en esa reunión? Misterio. Nadie lo puede saber. Y además, se informa de una pausa de dos días para conocer la respuesta, que podría ser una contrapropuesta. Con la inseguridad a la orilla de cada ciudadano en cualquier rincón, y más muertos cada día,  ¿cuánto daño se puede provocar durante esa pausa? Una vez más, queda en evidencia que las dificultades en crecimiento no se pueden manejar, que no hay capacidad para hacerlo. Es decir, atravesamos una situación ingobernable.

Rostros rígidos. Cuando un problema se convierte en incontrolable, cuesta asumir responsabilidades, sobre todo, cuando los intereses particulares, las ambiciones políticas y el temor, se juntan afectando cualquier inclinación pro-país. El no decir nada de los sacerdotes con rostros de Esfinge, fue tomado como un indicativo de dificultades y quizás de contradicciones en el encuentro a puertas cerradas. No se sabe si la pausa fue solicitada por el mandatario o tomada como propuesta. En este último caso, posiblemente de poca utilidad.

Una pausa entre lo caótico es macabra. Se debería haber salido con algo de ese encuentro, no seguir parqueados en kilómetro cero mientras el país convulsionado se desangra. Los tranques son el recurso de la resistencia cívica, utilizando armas artesanales para defenderse de las agresiones cada vez más intensas.

Quitar la represión, aplicar justicia a los culpables, dar algún paso hacia la necesaria democratización mostraría voluntad. La pelota solo está en un lado de la cancha y hay que asumir responsabilidades si ciertamente el país preocupa. Tratar de sacar provecho desde las esferas de poder, dándole tiempo al tiempo, especulando con el desgaste, es lo menos recomendable.