•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

¡Oh Señor Jesucristo! ¿Por qué tardas, qué esperas para tender tu manto de luz sobre este drama con ribetes trágicos que nos está carcomiendo? La sabiduría de nuestro gran poeta grafica la ayuda que necesitamos en el presente que golpea a este desventurado país, tan condenado a tantas penalidades. Ayuda divina… No podemos seguir preguntando en cada amanecer, ¿cuántos muertos más? El desprecio por la vida es lo más escalofriante que podemos sentir, siempre y cuando nos quede un gramo de humanismo, porque cuando eso desaparece, la vida no vale nada.  

Nunca he disparado un tiro. Nunca he estado atrincherado. No tengo idea de lo que es la montaña. Sin embargo, emocionalmente he sentido impactos derriba montañas: sentí la muerte de una hija, muy pequeña en octubre de 1979; caminé entre cadáveres en el parque de Estelí en septiembre de 1978 haciendo un trabajo para el periódico clandestino Trinchera, mientras trabajaba en La Prensa, fuera de circulación en esos días; en la zona de Bello Horizonte, durante la insurrección en los barrios orientales, me dijeron que colaborara en la quema de un cadáver enemigo, y no pude. 

Todo muerto duele

Recordando todo eso en estos momentos de turbulencia extrema, junto con aquellas noticias de amigos muertos, como la de mis compañeros en la Escuela de Ingeniería Omar Hassan y Christian Pérez, y de haber conocido sacrificios inmensos, siento ganas de subir al techo de mi casa, tomar un megáfono que se escuchara en todo el país y gritar con todo lo que me permitan mis desgastados pulmones: ¡NI UN MUERTO MÁS! 

Pero ¿hay interés en eso? Ni siquiera se observa preocupación. Y hablo de muertos de cualquier lado, con cualquier ideología o misión, unos que desarmados o mal armados, lo arriesgan todo abrazados a la esperanza de transformar el país, y otros cumpliendo órdenes. Todo muerto duele, sobre todo cuando se trata de jóvenes, entre los que se encuentran familiares. No impresionarse frente a las desgarradoras de esas madres bañadas de lágrimas y cobijadas de amargura, es inhumano. 

Claro que se puede 

¿Por qué ni un muerto más? Porque se dispone de los recursos, llámese actitudes patrióticas, para evitarlo, como fue comprobado en las primeras marchas. Es fácil culpar a los tranques de no poder ordenar retirar la represión que ha garantizado, no solo la permanencia, sino el incremento de la violencia; de no poder comenzar a aplicar justicia; de no poder enviar una señal de democratización. No puede ser que un niño de 15 años sea ejecutado solicitando vivir; que se mate fríamente a un joven que en un arrebato de molestia mientras batalla por un cambio necesario grita “¡mátame!” ¿En qué selva nos encontramos?


El filósofo inglés Thomas Hobbes consideraba que, en el poder, el ser humano solo actúa en beneficio propio. Pero ¿se hace necesario perder el corazón y el alma? Hay una mayoría, fácilmente visible, que protesta haciendo reclamos en público, exponiéndose, gritando ¡Ni un muerto más! No tardes Señor.