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Que hermoso, conmovedor y por supuesto intensamente dramático, fue ver al inconmensurablemente heroico pueblo de Masaya, incluyendo a ese histórico Monimbó de firmeza indoblegable, llorando arrodillado solo ante la presencia de Dios.

Ahí estaban los sacerdotes llegados desde Managua, que han estado dispuestos a recorrer entre la furia homicida, los círculos del infierno que nos grafica Dante para elevar sus plegarias y llevar sus bendiciones, a quienes en busca de un país mejor, han estado pisando el territorio del sacrificio presentando una resistencia pacífica sin precedentes. En la misión de salvar vidas evitando la continuidad de una masacre, la incidencia de los hombres de sotana, fue determinante. 

Lucha desigual

Frente a este panorama tenebroso de una lucha desigual, en medio de la tragedia sin fin en que el pobre país se encuentra sumergido desde hace largo rato, con un dolor que taladra el alma y estruja los corazones, ¡Cómo no sentirnos genuinamente emocionados! Ha sido una pausa para reflexionar sobre la podredumbre humana de la que nos habla el rumano Ciorán en su estupendo libro, que tanto está golpeando al sector claramente mayoritario de un pueblo que ha roto cadenas en busca de su liberación, después de haber sido víctima de un prolongado engaño.

En un momento en que todo parece perder sentido, se produce ese abrazo envuelto en lágrimas entre el inmenso sacerdote Edwin Román, merecedor de un monumento, y ese símbolo en que se ha convertido Monseñor Silvio Báez.  

Frente a los demonios

Día tras día, convencidos de la fragilidad de estar vivas, las esperanzas aunque brevemente, renacen entre las cenizas. El desfile de demonios se repite en forma macabra, dejando a su paso una montaña de escombros y múltiples manchas de sangre.

La frialdad de quienes pueden hacer algo efectivo para frenar el caos, es patética y despreciable, mientras las frases de Rubén en su canto ¡Oh Señor! ¿Por qué tardas, que esperas para tender tu manto de luz sobre las tinieblas?, se desvanecen entre la desesperación de quienes luchan por la paz, y la capacidad de agresión de quienes gritan paz, blandiendo espadas, algo muy bien explicado en el informe de la CIDH, basado en una amplia documentación debidamente comprobada de diferentes maneras.

Tantos ejemplos

Hay imágenes imperecederas como la de Monseñor Rolando Álvarez en Sébaco, avanzando cristianamente agigantado, expuesto a todo, incluso al final de su fructífera vida, la del padre José Idiáquez defendiendo como león embravecido a quienes buscaron refugio en la UCA, universidad que lo tiene por rector, la del Cardenal Brenes dirigiéndose a la multitud durante la peregrinación, la de Monseñor Mata, siempre directo como el golpeo de Alí, la actitud de Monseñor Solórzano, y la de tantos sacerdotes en diferentes rincones que salieron gritando el ¡No matarás! Religiosos conscientes que si no queremos sentir miedo mañana, hay que actuar hoy, respondiendo a la misión de identificarse con los sectores populares. Qué hermoso, conmovedor y dramático, fue ver al pueblo de Masaya, juntar sus esperanzas alrededor de estos hombres con sotana, que salvaron tantas vidas.