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Señor, usted es presidente de todos los nicaragüenses. No sé si se ha percatado. Le recuerdo esto, porque habla como si solo fuera presidente de un sector partidario, cada vez más reducido y que seguramente desde su punto de vista, día tras día, entre el obvio debilitamiento político y social es menos confiable.

Más allá del golpe que le provocó una abstención electoral sin precedentes en el 2016, haciéndolo sentirse en el vacío el día del conteo, uno piensa: ¿Cómo puede olvidarse de eso quien está obligado a funcionar como un estadista, comprometido con todos por juramentación pública, por la Constitución Política de Nicaragua, y sobre todo, por un elemental sentido de la responsabilidad con la posición que ejerce? Sencillamente inadmisible, pero tristemente es lo que estamos viendo frente a este desastre sin fin, en el que todos estamos atrapados.

Claro que nos duele la muerte de policías, varios de ellos como informó la Jefatura en diferentes momentos, en cumplimiento de su deber. Se trata de gente humilde, del pueblo y como humanos lo lamentamos. Pero un presidente de verdad, con responsabilidad de una nación, no debe reducir su pesar, obviando a quienes persiguiendo sus ideales patrióticos sacrifican sus vidas tratando de producir un cambio que la mayoría  considera tan urgentemente necesario en este desventurado país.

Un presidente tenía que completar la lista de fallecidos a lo largo de estos tres meses dramáticamente sangrientos, porque todos son nicaragüenses. Rebeldes a un sistema como él lo fue, “sacando las uñas” porque es lo único que tenían que mostrar junto a su determinación, antes de ser agredidos brutalmente y tratar de defenderse mejor, distantes siempre de sus atacantes en armamento. Es una responsabilidad ineludible para un gobernante consciente.

Habló de sandinistas en forma exclusiva, a sabiendas que en las grandes marchas de protesta ha visto en pantalla a centenares de sus viejos compañeros sandinistas, muchos con extenso currículo revolucionario por sus múltiples acciones, incluidos jefes militares y de operativos como El Repliegue, lo que obliga a separar lo que es el sandinismo, basado en el ejemplo de Sandino, y lo que es el danielismo, algo muy diferente.

El presidente vuelve a aparecer en escena, vacío de propuestas, pese a la dimensión del problema con el país en acelerado retroceso. Después de más de 90 días, no haber encontrado la forma de dar los primeros pasos en busca de soluciones es imperdonable. Nada se resuelve insistiendo en negar al estilo Moncada, lo que todos vemos ha estado ocurriendo, incluyendo los organismos internacionales que han firmado sus condenas a semejante represión. No se puede ser indiferente a eso. A menos que no te sientas presidente de una nación, sino solo de un sector.