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Créanlo, será el Barcelona y no el Chelsea, como lo estuvimos creyendo durante más de 80 minutos, después del taponazo estremecedor y fantasioso de Michael Essien, el rival del Manchester en la final de la Champions que se realizará en Roma el próximo 27 de mayo, por culpa de la frialdad, potencia y certeza del incansable y siempre incidente Andrés Iniesta en el momento cumbre.

Lo más asombroso de los milagros es que ocurren, como ayer en Stanford Bridge, cuando el Barcelona, con un hombre menos, se salió del ataúd en las puertas del cementerio aprovechando ese golazo de Iniesta, consiguiendo el empate de la resurrección 1-1, desvaneciendo la terrible angustia fabricada por el remate de volea, impresionante e irrepetible, de Michael Essien al minuto nueve.

A esa altura del juego, con el marcador 1-0, faltando sólo minuto y medio del tiempo de reposición, el Chelsea se encontraba en las puertas del paraíso, trabajando sobre una geometría destructiva y una presión defensiva agobiante, que había borrado la brillantez ofensiva de un esforzado pero al mismo tiempo inutilizado Barcelona, que manejando el balón la mayor parte del tiempo, no podía encontrar la forma de fabricar oportunidades.

Los dos goles fueron majestuosos, más espectacular el de Essien, pero obviamente más dramático el de Iniesta. A los nueve minutos, Lampard, por la izquierda, dispara en busca de las redes que defiende Valdés, y el balón rebota en Touré, se eleva caprichosamente describiendo una parábola, y cayendo, es golpeado magistralmente por el empeine zurdo de Essien. Un rayo desde fuera del área que pegó en el horizontal y se clavó como un arponazo para el 1-0 a favor del Chelsea. Y al final, moviéndose el reloj hacia el minuto 93, la pelota en poder del oscurecido Messi por la izquierda, con toda la zaga del Chelsea replegada, la entrega horizontal limpia, la entrada de Iniesta, y su derechazo enmudecedor, luminoso y letal.

Vimos un Chelsea muy superior en planificación y realización, casi perfecto en la cobertura con cierres y apropiados, y con una habilidad para el contragolpe desesperante para el adversario, lo que explica que los apuros de Valdés frente a su cabaña fueran mayores que los de Cesc, sólo exigido por el disparo mortal de Iniesta.

El partido facilitó material para discutir por su complejidad y los imprevistos: el arbitraje inseguro que se descarriló varias veces; la expulsión de Abidal a los 66, dejando al Barcelona con diez hombres; la mano de Piqué en el área que obligaba a un penal; la desaparición de Eto’o y la falta de significado de Messi; lo errático e insistente que estuvo Danny Alves disparando; la gravitación y constante presencia de Iniesta en la mayoría de gestiones; el accionar de Drogba con dos grandes posibilidades frustradas por Valdés; la estocada de Essien, el alargue, la angustia, el sudor, los latidos del corazón, el dolor, y el gol de Iniesta en el último grito del drama.

¿Qué más podíamos pedir?
dplay@ibw.com.ni