Edgard Tijerino
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Se supone que cuando es impuesta una sanción tan drástica e impactante, como lo es 50 juegos fuera de combate, es porque no hay nada que discutir, aunque por esos extraños acuerdos entre el sindicato y la gente que maneja las Grandes Ligas, algunos detalles permanezcan en el misterio, entre ellos el nombre de la droga que provoca el escándalo.

Ni siquiera vimos a Manny Ramírez sentarse en el banquillo de los acusados y defenderse, porque fue sentenciado directamente, y él, pese a decir que fue víctima de una confusión al ser medicado para resolver un problema de salud, primero intentó apelar, pero luego desistió y aceptó la larga suspensión, que vuelve a estremecer al béisbol, y fractura en la mandíbula a los Dodgers, actuales líderes del Oeste en la Liga Nacional.

Ramírez se disculpa con los Dodgers por su error, mientras fuentes extraoficiales filtran que la sustancia sobre el tapete es Gonadotropina coriónica humana, una droga que además de ser utilizada para la fertilidad de las mujeres, es consumida para reiniciar la producción de testosterona en el cuerpo, cuando se sale del ciclo de esteroides.

¿Fue ciertamente un error? Difícil, muy difícil de creer con todo lo que hemos visto pasar frente a nuestras ventanas en estos últimos años. Según el informe, la prueba hecha a Manny que dio positivo, fue realizada durante los entrenamientos primaverales, borrando el negativo que siempre dio el dominicano a lo largo de 15 exámenes rigurosos.

Hay analistas deportivos exigiendo “cero tolerancia”, pero cuando el problema se propaga tan velozmente y los involucrados son quienes tienen etiqueta de súper-astros como Bonds, Clemens, Giambi, Alex y Manny, el floreciente negocio se tambalea. Es en esos momentos que los expertos en las finanzas alrededor del béisbol se preguntan con frialdad, ¿cómo poner en riesgo miles de millones de dólares que posibilitan súper-contratos y fabulosas ganancias?
Se observa, sin ser tan astutos como los detectives Poirot y Maigret, que hay un mayúsculo interés en mantener con bajo volumen y sombreados estos estallidos cada vez más constantes, con el objetivo de no dañar algo tan productivo como es el más complejo y científico de los deportes, el béisbol.

Eso explica por qué Bonds y Alex Rodríguez, por citar a los más grandes sometidos a cuestionamiento, nunca fueron suspendidos pese a las evidencias en el primer caso, y la aceptación de culpa en el otro. Bien se hubiera podido apretar las tuercas convenientemente, como una medida firme y una seria advertencia para despejar el futuro, pero ni siquiera se envió una leve señal en esa dirección.

Aunque estas suspensiones por 50 juegos golpean, seguramente peloteros y dirigentes van a encontrar la forma de coexistir con esta problemática, evitando el deterioro del espectáculo, confiando en que el público seguirá en las tribunas mientras las cifras estén en movimiento, lo cual ha sido desde antes de Babe Ruth, el gran atractivo.