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Hay consternación en Cuba. Su imperio en el deporte de la región Centroamericana y del Caribe ha sido severamente golpeado y tumbado. Hace cuatro años, en Veracruz, había recibido una seria advertencia.

Fue necesario un repunte de ribetes espectaculares, para que Cuba en el 2014, con 123 medallas de oro, saltara sobre México que logró 115, aunque en el total de medallas, la superioridad azteca con 332 por 254 fue rotunda.

El deporte cubano quedó con sus barbas en remojo y ahora, en Barranquilla, es llevado contra las cuerdas y sacado del trono por el impulso de México con claras ventajas: 132-102 en preseas de oro, y 341-242 en total.

La delegación cubana conquistó un total de 242 medallas en Barranquilla 2018.

Nada que discutir y una interrogante flotando: ¿podrá Cuba regresar a la cima batallando con tantos factores adversos actuales, entre ellos, el de mayor profundidad: las condiciones han cambiado drásticamente? Y pensar que en la mejoría de nivel competitivo de tantos países de la zona, está la mano del apoyo técnico ofrecido por Cuba desde hace largo rato. 

Un salto espectacular

Gran ausente en los juegos efectuados en San Salvador 2002 y en los de Mayaguez, Puerto Rico, 2010, el deporte cubano se mantuvo invencible desde 1970 en Panamá, hasta el 2014 en Veracruz, una racha de 10 coronaciones, agregadas a las de 1930 en La Habana y 1946 en Barranquilla.

En los Juegos de 1982 realizados en La Habana, la ventaja de Cuba en “oros” fue de 173-29 sobre México, cifras aplastantes, aunque perdiendo en beisbol, deporte sagrado en la isla. En 1990 y 1993, el poderío cubano se extendió a 180 y 227 medallas de oro, y nunca se detuvo.

Los atletas cubanos, sobrados, utilizaban estos juegos para hacer evaluaciones sobre sus posibilidades en Panamericanos y entrar en consideraciones para los Olímpicos. Hasta que escucharon timbres de alarma en Veracruz 2014.

Segundo lugar en estos juegos, es una posición muy incómoda para los cubanos, cuyo crecimiento de rendimiento después del triunfo de la Revolución en 1959, fue tan acelerado que provocó asombro.

Ese quinto lugar en el medallero de los Olímpicos de Barcelona en 1992 con 14 de oro, 6 de plata y 11 de bronce, ha sido, es y seguirá siendo el mayor timbre de orgullo del deporte cubano, solo detrás del equipo unificado de la URSS, Estados Unidos, Alemania y China. El resto de Europa y Asia, toda África, y también toda América Latina detrás de Cuba. ¿Se imaginan eso? No lo creo, es díficil.

Hoy, misión imposible

La pregunta clave como cuando cayó el imperio romano, es ¿por qué el derrumbe? La variación de las condiciones. Antes, los atletas cubanos en proyección como medallistas en diferentes eventos contaban con médicos y adiestradores muy competentes durante su fase de afilamiento, moviéndose en países de Europa Oriental, Asia, América del Sur y México. Eso era producto de las relaciones, así como la asistencia técnica requerida.

Recuerdo cómo uno de los dirigentes olímpicos cubanos, Misael Lima, me explicó después de las dos medallas históricas de oro ganadas por Alberto Juantorena en Montreal cómo fue el proceso durante un ciclo de cuatro años, para sacar de él, todo su potencial.

En la Cuba de hoy, sería imposible facilitarle tanta atención a Juantorena o Sotomayor, y esas medallas y marcas, no existirían. El avance de Cuba hacia la grandeza en casi toda la gama de deportes, mantuvo al resto del planeta con la boca abierta.

Ningún país de América Latina era capaz de retar a Cuba y su ascenso en el medallero Panamericano fue de lo más llamativo. Desde Figuerola, rival de Bob Hayes en los Olímpicos de Tokio 1964, los sprinters cubanos parecieron multiplicarse hasta llegar a otro ganador de plata olímpica en la centuria, Silvio Leonard, también oro panamericano.

En pesas, el volibol en las dos ramas, en baloncesto, en deportes de combate, en todas las especialidades del atletismo, y no se diga en boxeo, beisbol y otros, Cuba se agigantó tanto que parecía nunca más sería vencido en Centroamericanos y del Caribe. Pero eso ocurrió en Barranquilla 2018.