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Estuve frente a ella hace tres marchas. Nos quedamos viendo y conversamos brevemente. Nos abrazamos. Es una niña, pensé. ¡Qué mirada más limpia iluminando su dulce rostro, sin poder ocultar esa voluntad inquebrantable! Ahí estaba cobijada con la bandera del patriotismo, impulsada por las palabras de Oscar Wilde: “Adonde la vida te conduzca, debes de ir, desafiando todos los riesgos”.

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Es lo que Nahomy Urbina Marcenaro —conocida en toda Nicaragua como “Comandante Masha”— ha hecho siempre, desde antes que le diagnosticaran el cáncer linfático. Contrario a lo esperado, lo sigue haciendo revitalizada por el sueño de poder ver o, quizás, dejar un país mejor, en el que se pueda disentir, vivir sin temor, pelear posiciones a base de capacidad no de sometimiento, respirar algo de democratización, confiar en las instituciones, rechazar la contaminación de ese “olor” a dictadura, que nos pareció exterminado por siempre con la muerte del somocismo, antes de la gran traición. ¡“Masha” es un ejemplo a seguir!

Fueron como ella

Mientras ha estado creciendo en su corta vida, ella ha visto cómo una clase política corrupta comete delitos grandes y atroces que dañan al país, y se rebela, como lo hicieron Arlen Siu, Mónica Baltodano, Dora María Téllez, Doris Tijerino y tantas otras mujeres de aquella revolución que tanto nos ilusionó.

La comandante Masha y Edgar Tijerino.

Los ideales, los objetivos, el empeño sin límites, el espíritu de sacrificio de la “Comandante Masha” son exactamente iguales a los que todas ellas mostraron en la búsqueda desesperada y finalmente exitosa, del derrumbe de una dictadura. ¡Hay una orden de captura para “Masha”!  Ha resistido sesiones de quimioterapia estimulada por el deseo de vivir para estar en pie de lucha en este momento histórico.

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No conoce el miedo. ¿Por qué sentarla en el banquillo de los acusados? ¿Ha robado, ha matado, ha traicionado su manera de pensar, ha utilizado máscaras para mostrarse al sector mayoritario del pueblo, ha abusado del poder, se ha enriquecido ilícitamente? 

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Motivo de orgullo

¡No! Nada de eso. Pero hoy, en un país patas arriba, como diría Eduardo Galeano, pelear por su enderezamiento —como gritó desgarradoramente Valeska a su madre— es un delito. ¿No era ese el más grande mérito de aquellos revolucionarios que siguen usando los mismos nombres, pero que ya no se reconocen frente al espejo ni ellos mismos, porque son otros, condenando a una juventud tan parecida a la que poblaron? Esa orden de captura grafica el miedo que le tienen al presente, al futuro y sobre todo a ellos mismos.

No quebrarán el cuerpo de “Masha”, ni su voluntad, ni su corazón. Ella nunca será una figura trágica como tantos que fueron vistos de otra manera, sino un ejemplo perdurable. Si fuera hija de un jefe del Ejército, de un comisionado mayor de la Policía, de un presidente, seguramente sería para ellos, motivo de legítimo orgullo. Estoy seguro de eso. Un abrazo, ¡“Comandante Masha”!