Edgard Tijerino
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El tiempo es implacable borrando lo pasado; el viento, que adquiere fuerza huracanada, arrasa con todo, incluyendo el baúl de los recuerdos; la memoria flaquea y te empuja hacia el olvido; pero siempre quedará ese duelo entre el Barcelona y el Chelsea, sobreviviente, actualizado, precipitándonos hacia acaloradas discusiones.

Hay muchos motivos para seguir impresionados, como esperando un minuto más, pese a la increíble forma en que fue estirado --más allá de la frontera del drama y el suspenso-- ese tiempo de reposición, después del cañonazo de Iniesta.

Aunque finalmente, lo decisivo fue la garra, la terquedad y la viveza del Barcelona, esa magistral arquitectura trazada por Gus Hiddink, y realizada por sus hombres sobre el tablero de las posibilidades, con dureza, destreza, corazón y genialidad, nos demostró que apretar tuercas es un arte.

¿Cómo fue posible que sólo un disparo del Barcelona -–precisamente el gol de Iniesta-- haya sido en el área cubierta por los tres palos defendidos por Cech? Cierto, Alves estuvo tirando hacia las nubes y las tribunas con una falta de puntería casi grotesca, pero Eto’o, Messi y Xavi, se vieron bloqueados por una defensa hábil, firme, bien escalonada, con excelente cobertura de sus espaldas y sin conceder centímetros extras.

¡Diablos!, ¿cómo no podés sacarle el máximo provecho a una posesión del balón en casi el 70 por ciento del tiempo? Cierto, hizo falta Henry, y las proyecciones ofensivas que siempre consiguen Márquez y Puyol, pero la defensa “blue” funcionó como una esponja súper-absorbente, apagando chispazos, tragándose la peligrosidad del Barcelona.

John Terry es un general dirigiendo sus tropas en la retaguardia; el trabajo de Bosingwa, estrechando a Messi, obligándolo a soltar la pelota lo más pronto posible, robándole atrevimiento, fue excelente; la multiplicidad de Alex y de Ashley Cole, tan incansables como efectivos, y la siempre oportuna contribución tanto de Ballack como Lampard, el primero oscurecido en las gestiones ofensivas, pero respondiendo en la obstrucción, quitando y cerrando.

Esa impenetrable consistencia defensiva, con el agregado del manejo también artístico del contragolpe, permitió al Chelsea disponer de mejores posibilidades de gol, con la rapidez de Anelka y el impulso de Drogba. Además, vimos a sus delanteros en tres acciones con “olor” a penal. Esto explica por qué se consideró al reiteradamente cuestionado arquero azulgrana Víctor Valdés como el jugador más incidente del Barcelona, por sus tres brillantes intervenciones, dos de ellas “congelando” las malas intenciones de Drogba.

Ver al Barcelona con un hombre menos desde la expulsión discutible de Abidal en el minuto 66, obliga a una mayúscula admiración, sobre todo, considerando que el equipo español conservó la posesión de balón y supo seguir colocando una intensa presión, culminada por la estocada de Iniesta, grandiosa respuesta al gol de Essien, merecedor de estar adornando una de las paredes en el Palacio de Versalles.

Lo que el tiempo, el viento y la pérdida de memoria nunca se llevarán es esa demostración de cómo apretar tuercas ofrecida por el Chelsea. Un arte.